MEMORIA

Las memorías de Fernando Suarez

«Es disparatado que la derecha no presuma de la Seguridad Social por ser de Franco»

Juan Fdez. Miranda.- ABC

 

Pieza clave de la Transición a la Democracia, el único ministro de Franco vivo y ponente de la reforma política, publica libro en el que advierte de que el franquismo se está contando mal.

Superados los noventa años, en perfecto estado de revista y camino ya de los cien, Fernando Suárez (León, 1933) se ha lanzado a publicar un libro sobre su vida. No son unas memorias, ni un ensayo, ni un relato costumbrista. Ni siquiera son una sucesión de anécdotas o un libro de historia. ‘Testigo presencial’ (Real del Catorce Editores, 2023) es la suma de todo lo anterior y está escrito con la agilidad del recuerdo, el rigor del documento y la libertad de quien transita la décima década en este mundo. Suárez ha ocupado múltiples cargos políticos, pero en términos de opinión pública hay uno que en 2023 le hace único: es el único ministro vivo de Francisco Franco. E, inmediatamente después, fue uno de los ponentes de la Ley para la Reforma Política y participó activamente en la llegada y la consolidación de la democracia.

—Parafraseando a Ramón y Cajal, ¿cómo se ve el mundo a los 90 años?

—Presumo mucho de que, con Franco vivo, en un Consejo de Ministros yo dije una vez que había que hacer una España en la que Ramón Tamames, que era comunista; Raúl Morodo, que fue del partido de Tierno Galván, Luis González Seara, que era un liberal, y yo mismo conviviéramos pacíficamente. Lo que no podía ser es que uno se fuera al exilio porque gobernara otro. No conseguí demasiado entonces, pero luego estuvimos los cuatro en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, lo que demuestra que podíamos haber convivido también en los 50 con un régimen democrático. Yo fui ministro en el 75, nueve meses, un embarazo.

—Parió usted una democracia.

—Mucha gente me dice si no habría sido mejor esperar y no ser ministro de Franco, que ya había pasado su primera enfermedad. Es verdad, pero en aquel momento a mí me parecía necesario participar en la posible evolución; y, sobre todo:#sin haber sido ministro de Franco no habría tenido autoridad para la reforma política.

—No se arrepiente en absoluto…

—En absoluto, porque gracias a eso me nombraron procurador en Cortes.

—¿Se está contando mal la dictadura franquista?

—Dudé mucho si publicar este libro, pero se está escribiendo la Historia de forma muy distorsionada y muy poco veraz y me preocupa que a mis nietos o mis bisnietos les cuenten que aquí hubo un régimen feroz y que fuimos ministros de una dictadura muy sangrienta. Y eso, hombre, tiene sus matices.

—Póngame un ejemplo.

—La Ley de Memoria Democrática es una falsedad: está queriendo escribir la Historia de una manera que no es verdad. Empieza el 18 de julio sin explicar la Revolución del 34, el Frente Popular o el asesinato de Calvo-Sotelo, con lo cual parece que la República era un régimen ideal, precioso y que hubo unos generales, unos obispos y unos banqueros que decidieron acabar con ella; y eso no es la verdad.

—Cuando escuchó el intento de asesinato de Vidal-Quadras, ¿se acordó de Calvo-Sotelo?

—No, no, no estamos en esa situación. Desde mi punto de vista España está en uno de los mejores momentos de su Historia. Y lo estropean los políticos porque no se entienden.

—Media España está en la calle…

—Esta situación de ahora es muy inquietante. Que el Gobierno central favorezca a los separatistas tiene que preocupar mucho a los jóvenes. Hay que defender España.

—¿Cómo?

—Pues votando, por supuesto. Hace siglo y medio estaríamos preguntándonos: ‘¿Qué general arregla esto?’, pero afortunadamente esa posibilidad no existe en absoluto. Nada más que votar, hacer una oposición dura y esperar que haya elecciones para opinar. Pero eso de que entre los diputados socialistas no haya ni uno solo que no esté de acuerdo con esta deriva de don Pedro Sánchez es muy raro. Eso una democracia muy rara.

—¿Usted cree a los dirigentes socialistas críticos con Sánchez les falta dar un paso más?

—Es evidente. Yo no soy un partidario de Felipe González pero es evidente que estuvo a la altura de las circunstancias y, gracias a él, el Partido Socialista histórico rechazó el marxismo y la República, aceptó la democracia y colaboró decisivamente en la Transición. Los importantes del Partido Socialista están demostrando con hechos, pero no pueden hacer más porque no son diputados.

—¿Romper el carné?

—Tampoco resuelve nada, comprendo que le tengan cierto cariño.

—En su infancia en los años 40 usted conoció la censura.

—La censura era episcopal. Más que del Estado, quien mandaba en la materia de costumbres era la Iglesia. Pero es lo cierto que no se podía hacer obras de teatro con chicas, había obras sólo para hombres. Conservo esas colecciones, que son pintoresquísimas. Obras traducidas a hombres solos como, por ejemplo, «La venganza de don Mendo». Es una cosa inconcebible. Uno se muere de risa de la parodia que hace de la verdad de Muñoz Seca.

—Don Fernando, ¿los políticos de la Transición imaginaron un pacto con separatistas condenados?

—Francamente, creo que no. Yo distingo en la Transición un momento hasta la aprobación de la Ley para la Reforma Política: es un momento importantísimo y es mérito de Adolfo Suárez y de Torcuato Fernández-Miranda, obviamente. Pero a partir del momento en que Adolfo Suárez considera que el éxito del referéndum de la reforma política es suyo y no de don Torcuato y decide opinar por su cuenta se inicia una deriva distinta, una deriva no prevista: reconciliarse con Carrillo y con Alberti y con la Pasionaria pero no en nombre de los vencedores. Eso inicia un camino que acaba en la deslegitimación del franquismo, que es la deslegitimación de la sucesión del franquismo en cierta manera, o se pretende. Con lo cual, el Partido Socialista defiende su historia como si fuera inmaculada y achacan a la derecha la herencia del fascismo. Eso no es verdad. El actual Partido Popular es heredero de Maura, de Dato, de Gil Robles y de Fraga y no es un partido fascista ni muchísimo menos. Lo que pasa es que que al no asumir la propia historia de la derecha, pues no puede defender la Seguridad Social porque es franquista. De modo que no es verdad la historia que están contando y la derecha, en vez de presumir de su obra social, está como acomplejada y no se atreve a decir que Girón es un valor político español. Quitarle la medalla del trabajo son cosas disparatadas. El país está enfermo.

—En su libro usted insiste en destacar las herencias positivas del franquismo…

—El régimen de Franco no es un capricho de Franco, lo hace inevitable también la izquierda. Atribuir a una sola de las partes la Guerra Civil y lo posterior no es verdad. Sí lo es que la Guerra Civil fue terrorífica. La ganó la derecha, pero si la llega a ganar la izquierda la represión hubiera sido de cuidado. No digan que no. Sería tremenda, como fue la de la derecha: lamentable. Ese régimen duró 40 años, y es verdad que al principio recibió la ayuda de Hitler y Mussolini, pero supo evolucionar, adaptarse, modernizarse. Ese régimen puso a España en forma, es verdad que duró mucho, pero cuando se concluyó era inevitable que el Rey de España no fuera el de Marruecos. Tenía que ser un Rey europeo y por lo tanto con Parlamento y con partidos.

—También tuvo cosas negativas.

—Por supuesto, claro que las tuvo negativas, al principio sobre todo. Es un régimen que se construye para poner orden. Y para poner orden elimina o intenta eliminar algunos adversarios. Y luego, pues sí, había poca libertad. Fue una dictadura muy fuerte para los políticos, el ciudadano no la sentía tanto. El ciudadano veía que en la calle había orden y podía salir a cualquier hora de la noche por la Gran Vía y no le importaba tanto, pero los políticos no podían ni reunirse.

—Usted defendió en las Cortes la Reforma política. En aquel debate pronunció una de las frases de la Transición al explicar en tribuna a los inmovilistas que de lo que se trataba era de no llamar «misérrima oposición» al discrepante.

—El debate era entre abrirse a la democracia y facilitarle al Rey ser un Rey parlamentario y europeo o mantener una Monarquía que fuera como la de Marruecos: sin partidos, sin libertades; era imposible. Entonces los nostálgicos, algunos por agarrarse al poder y otros de buena fe, preferían la democracia orgánica, que teóricamente es muy defendible pero no era verdad. Hubo que hacer deprisa y corriendo la democracia parlamentaria, que espero que dure siglos.

—¿Hubo peligro de que la reforma política no saliese?

—Tanto como peligro… era una situación arriesgada y el Gobierno hizo todo lo que pudo convenciendo a cada uno, pero yo creo que en el fondo de lo que se trataba era de demostrar que era posible. Y así la mayoría no podía oponerse. La alternativa era seguir con el Rey como jefe nacional del Movimiento. ¿Usted se lo imagina? Era imposible, y la clase política era consciente de que era necesario renunciar y sacrificarse por el país.

—El Príncipe lo tenía claro.

—Sí, sí. Desde que juró el cargo de sucesor, el Rey manifestó el primer día su lealtad a Franco pero también su preocupación de ser el Rey de todos los españoles, que es lo que ha sido, y es el actual, gracias a Dios; y lo que va a ser la Princesa, que es una joya.

—¿Usted cree que la Constitución corre peligro?

—Me cuesta trabajo admitirlo. No lo quiero, no lo quiero, y como no lo quiero pues espero que no. Espero que el Tribunal Constitucional esté a la altura de las circunstancias, porque si no la deriva puede ser muy peligrosa. Yo espero que dentro de la situación el TC decida y defina hasta dónde se puede llegar. Si no, estamos desamparados y no puede ser. Un país no puede ignorar su Constitución.

—¿Existe algún paralelismo entre la amnistía del 77 y esta?

—Yo no estuve de acuerdo con la amnistía del 77, que conste. Salieron de la cárcel los asesinos de Carrero Blanco y los que pusieron la bomba en la calle del Correo. Aquello fue excesivo porque se incluyó a los que habían cometido delitos de sangre. En este momento delitos de sangre no parece que haya, espero. Esto es una situación en beneficio exclusivo del golpe de estado catalán.

—¿Cree que es inconstitucional?

—No me considero competente, pero sí es inmoral.

—¿El franquismo persiguió a los catalanes y el desarrollo económico de Cataluña?

—De ninguna manera, eso no es verdad. Uno de los primeros gobernadores de Cataluña tiene en su archivo multitud de documentos que le escribían en catalán. Las esquelas de Cataluña se ponían en catalán. El franquismo no sólo protegió la industria catalana, es que puso allí la Seat, nada menos, y desde luego ayudó todo lo que pudo al desarrollo de Cataluña. No cabe la menor duda. Lo de «Tarancón al paredón» no lo gritaba toda España, lo gritaban unos exaltados.

—¿No se persiguió el catalán?

—Alguien dijo que «Cataluña habla la lengua del Imperio» y eso pasó a la Historia como la gran consigna del régimen. No es verdad, no se exigió para nada que se hablara la lengua del imperio. Cada cual hablaba lo que quería. La prueba es que se conserva, gracias a Dios, el catalán y que las familias lo hablaron sin ningún problema.

—Para finalizar, don Fernando. De su larga trayectoria yo me quedo con su papel en la Transición. Y todo comenzó con una llamada del Rey.

—Y yo no estaba en casa. Al llegar me dijeron: ‘Ha llamado el Rey. Sabe Dios si es una broma, ¿no?’. Y entonces llamé con mucha timidez y me pudieron inmediatamente con el Rey. Y me dijo que me iban a nombrar procurador en Cortes. Y le dije: ‘Alteza, muchas gracias, lo haré lo mejor que pueda’. Le dije ‘Alteza’ porque, claro, llevaba años llamándole Alteza y no me había acostumbrado a que ya era Majestad. Curiosa errata.

 

«Se cuenta una II República idealizada, pero ficticia»

 

Termino este relato. Resumido con toda claridad, mi punto de vista no carece de fundamento y se concreta en que el régimen excepcional, surgido de una guerra civil a cuya provocación la izquierda española no puede considerarse ajena, junto a sus aspectos negativos comportó tres consecuencias innegables:

1. La restauración de la Monarquía. Todo el mundo sabe que la segunda República no se limitó a sustituirla, sino a vituperarla. Es también sabido que el entusiasmo por la Monarquía era perfectamente descriptible en los ambientes más comprometidos con el régimen de Franco, mientras él contenía las urgencias del Infante D. Juan, a quien algunos desean hacer ahora símbolo de la resistencia, cuando en realidad aceptó plenamente la situación política, sabedor de que era la única que podía desembocar en la restauración de la Corona. Siendo verdad su nobilísimo propósito de ser Rey de todos los españoles, nunca dejó de advertir que la Monarquía jamás partiría de cero (…). Fue exclusivamente Franco quien decidió que le sucediera D. Juan Carlos I y fue casi exclusivamente éste, asistido -eso sí- por consejeros prudentes, quien decidió asumir la herencia del régimen y la voluntad de su padre de ser el Rey de todos y no sólo de los vencedores de la guerra civil, lo que exigía -naturalmente- la plena recuperación de las libertades políticas.

2. El desarrollo económico, la promoción social mediante la educación y la cultura y, en definitiva, la creación de unas clases medias como jamás había conocido España.

3. La convivencia democrática o, lo que es lo mismo, la democracia como factor de concordia. Se ha repetido hasta la saciedad que la Constitución de 1978 ha sido la primera de nuestra Historia que no deriva de una imposición de unos españoles a otros y que todas las fuerzas políticas alcanzaron un razonable consenso constitucional, si bien recurriendo en ocasiones a algunas ambigüedades. Aunque puedan encontrarse muchos aspectos críticos, porque todo es perfectible, es lo cierto que, a la luz de nuestra Historia, es difícil encontrar un período de estabilidad política, de libertades democráticas, de progreso económico y de paz pública como el que se identifica con el reinado de Juan Carlos I de Borbón y resulta especialmente mezquino negar que algo ha tenido que ver en ello el régimen anterior, para pretender emocionar a los más jóvenes con una República idealizada, pero absolutamente ficticia.

Bien al contrario, el proceso de ‘damnatio memoriae’ de Franco y de su régimen ha convertido la reconciliación en descalificación y ha logrado, por el resentimiento de los unos y el complejo de inferioridad de los otros, que la inmensa mayoría de los jóvenes piensen hoy que la segunda República era una democracia con las imperfecciones y defectos de cualquier otra, pero democracia al fin y que el régimen que la sustituyó fue el resultado de una reprobable sublevación, a través de la cual un dictador impresentable, sus compañeros militares, la Iglesia Católica, los terratenientes y el gran capital sojuzgaron a los españoles durante treinta y seis interminables años. Se ofende a la dignidad de ese pueblo español al sostener que aceptó sin reservas los desmanes que ahora se cuentan, pero sin aceptar que esa es la versión histórica preponderante no puede entenderse el hecho de que la audacia de la izquierda, sabiamente combinada con la falta de gallardía o con la ignorancia de los representantes de la derecha, haya eliminado de toda España cualquier calle, plaza, lápida o monumento en memoria de Francisco Franco, de José Antonio Primo de Rivera, del heroico Moscardó o de cualquiera de las figuras militares o civiles que descollaron en el régimen anterior, a la vez que proliferan estatuas y avenidas de Prieto, de Largo Caballero, de Manuel Azaña o incluso de las Brigadas Internacionales 473. Como yo me pronuncié públicamente a favor de que en la esquina de los Nuevos Ministerios convivieran en bronce Franco, Prieto y Largo Caballero y se lo enseñaba a mis amigos extranjeros como símbolo de la reconciliación conseguida por nuestra generación, no puedo aceptar sin protesta la inicua eliminación del primero, que es el que más merece una estatua de los tres. Es también muy difícil encontrar una explicación coherente al hecho singular de que el Cara al sol haya sido proscrito por fascista, mientras la Internacional comunista se entona como paradigma de la vida democrática.

Para ver el video entero en ABC:

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