MEMORIA / CULTURAS

«La primera victoria»

Augusto Ferrer-Dalmau y JM Nieto vuelven a la carga con Covadonga.

Manuel P. Villatoro.-ABC

ABC reúne al pintor de batallas y al viñetista para reflexionar sobre sus dos versiones de ‘La primera victoria’

Covadonga: Ferrer-Dalmau lanza una bomba pictórica contra los que niegan la batalla clave de la historia de España

Lo de Don Pelayo en Covadonga, allá por el 722, fue un síntoma de que los reinos cristianos estaban muy vivos. O, si quieren, y como explica Augusto Ferrer-Dalmau a este diario, que «los musulmanes no eran intocables». El pintor de batallas alumbró su último cuadro, ‘La primera victoria‘, con esa idea: poner imagen a un chispazo sobre el que se aupó el avance desde el norte peninsular. Ni más, ni menos. Y hoy, tres meses después de que diera la última pincelada, los simpáticos roedores del humorista gráfico José María Nieto, autor desde hace una década de ‘Fe de ratas‘ en ABC, se han convertido también en un síntoma. Uno que ha aflorado tras las reacciones descerebradas generadas al calor de una polémica estéril como fue la magnitud del combate.

«Tras la controversia, Augusto me lanzó el reto. ¿Por qué no haces una versión con tus ratas?», explica Nieto a ABC. Con voz cristalina a pesar del madrugón, confirma que recogió el guante. Un trabajo a la altura de los que protagonizó Hércules. «No es lo mismo hacer un cuadro con seres humanos que con mis personajes, que son muy redonditos y muy pequeños», añade. El resultado es el que ven en estas páginas, y en una jornada señalada con rotulador en el calendario: el mismo sábado en el que se presenta ‘La primera victoria’ en la Casa Riera de Cangas de Onís.

«A las 12:00 presentamos el cuadro con las autoridades locales y varios miembros de un grupo de recreación histórica que acudirán con la vestimenta y las armas de la época», incide el pintor de batallas. Habla orgulloso. En parte, porque ‘La primera victoria’ le ha supuesto pasar una infinidad de horas en su estudio; pero también por la relevancia histórica y el valor sentimental que atesora este lienzo de más dos metros de altura para la familia García Rivero. «Lo han encargado unos mexicanos de ascendencia asturiana que están enamorados de sus orígenes y lo han cedido durante varias décadas a Cangas de Onís», completa.

Nieto explica con soltura cómo alumbró su obra. En parte, jugaba con ventaja: «Hay dos grandes familias de humoristas gráficos: está el ilustrador, que intenta que la viñeta tenga un disfrute estético, y el que solo usa el dibujo como soporte de una reflexión». Al ser de los primeros y sentirse atraído por el lado pictórico, supo adaptarse al estilo de un cuadro figurativo. Evocó los «robles que dividen la composición», la quietud de los árboles, a Don Pelayo batallando… «Era algo diferente. Mis dibujos son caducos, un chispazo que es visto cuatro segundos por el lector antes de pasar a otra página. La finalidad de Augusto es la permanencia, que la gente disfrute de su obra una y otra vez», añade.

El cuadro imperdonable, por JM Nieto

«Esto no me había pasado nunca, José María –se lamentaba Augusto Ferrer-Dalmau al teléfono–, no es solo que critiquen el cuadro; ¡es que han tenido que protegerlo con un cristal por miedo a que algún trastornado le eche encima un cubo de pintura!». En vano me empeñé en tranquilizarle alabando la composición épica de ‘La primera victoria’, en la que los guerreros se echan encima del espectador como si en vez de un óleo sobre lienzo se tratase de un altorrelieve de mármol, o la delicadeza con la que nuestro pintor de batallas refleja la penumbra húmeda del bosque asturiano con la cueva de Covadonga al fondo, o la violencia de la batalla desplegada en un amplio friso de tragedias personales, en las que cada hombre mata y muere retratado con una dignidad que no distingue de bandos. «Es una puta obra maestra, querido, pero te va a dar igual –concluí–. No te van a perdonar haber recreado el episodio que se convirtió en mito fundacional de España». Solo echo de menos en el cuadro la presencia del obispo de Toledo don Oppas, que, según las fuentes de la época, acompañaba al general Alkama para intentar llegar a un acuerdo con Pelayo, detalle tan español que tiene el aliento de la verdad: no podía faltar un traidor a España intentando sacar provecho de la situación, y a veces no se salen con la suya. Como para que no le cojan rabia al cuadro, querido Augusto.

Ferrer-Dalmau está de acuerdo en la diferencia, pero subraya y alaba el trabajo de su colega: «Crea arte con todas las letras. El suyo es un producto de la imaginación. Tiene el reto de hacer reír al lector y enviar un mensaje en pocos centímetros». Ese fue, de hecho, el último desafío de Nieto: ponerle la guinda humorística a ‘La primera victoria’. Tras afinar los colores, oscuros y fríos para recrear el umbrío bosque asturiano, incluyó un pequeño bocadillo de dos frases, pero mucho contenido: «Lo estoy viendo, Sunifredo. ¡Como ganemos esta batalla y hagamos rey a Pelayo, acabarán diciendo que aquí no ha pasado nada y que todo es una leyenda!».

Dio en la diana, porque la herida de la polémica, aunque seca, algo irrita. Cuando Ferrer-Dalmau presentó ‘La primera victoria’ en sociedad, arreció una discusión en las redes sociales sobre la existencia o no de la batalla de Covadonga. Un debate que su asesor histórico, Yeyo Balbás, arrancó de cuajo desempolvando textos clásicos de uno y otro bando. «Existe consenso académico: la contienda fue magnificada durante siglos. Las cifras que dieron las crónicas cristianas del contingente musulmán son disparatadamente altas, no hay duda, pero eso no implica que no se sucediera», insiste una y otra vez a este periódico.

Y otro tanto aconteció con el resto de críticas, derruidas por expertos como María Fidalgo, doctora en Historia del Arte y también asesora.

Nieto, que ha visto trabajar al pintor de batallas y sabe el tiempo que dedica a documentarse, ríe cuando aflora este tema. Además, carga contra aquellos que politizan el arte: «No se trata de ver valores eternos en nuestra historia desde un prisma identitario y nacionalista, sino de ver las cosas que no cambian de la naturaleza humana». Y suelta una última carcajada cuando le preguntamos si retaría a su colega a hacer una viñeta con roedores: «Él les dibujaría todos los pelos, el brillo de los ojos, distinguiría entre blancas y grises… Serían perfectas y muy naturalistas. Pero bueno, lo suyo son los caballos…».