IDEAS

La izquierda contra el `wokismo´

Dos ensayos recientes, ‘Teorías cínicas’ y ‘Cancelados’, despliegan una panorámica analítica del ‘wokismo’ una vez que sus principales posos ideológicos se han asentado.

Daniel Arjona.La Lectura

 

Cada vez más intelectuales progresistas se rebelan contra los confusos postulados de la izquierda identitaria, que traicionan los ideales originales de igualdad y suponen una amenaza a la libertad de expresión

 

En la segunda década del siglo XXI un enorme iceberg se desprendió de la izquierda tradicional, una gran masa de ideología que cristalizaba en clave activista las ideas del posestructuralismo francés y de los estudios culturales de los setenta y que se convertía en un verdadero peligro para las vías de navegación de los nuevos debates políticos por venir. El fenómeno recibió su bautizo tras el éxito de Master teacher, la canción de Erikah Badu que en 2008 sonó en todas partes con un estribillo que rezaba: «I stay woke».

El wokismo saltó al escenario internacional al asociarse con el movimiento Black Lives Matter (que se reavivó después de que Michael Brown muriera tiroteado por la policía de Misuri y recorrió el planeta tumbando estatuas) y el #MeToo (estallido feminista que, a caballo de las acusaciones contra el productor Harvey Weinstein, denunciaba las agresiones y abusos sexuales en Hollywood). El Oxford English Dictionary daba carta de existencia al término al recoger ese mismo año la siguiente definición de woke: «Alerta ante la discriminación y la injusticia racial o social; frecuentemente en la construcción stay woke [mantente despierto], a menudo empleada como una exhortación».

Defensores de la corrección política y el lenguaje inclusivo, de las minorías marginadas y el feminismo interseccional, de la teoría queer y los derechos trans, activistas identitarios y autoproclamados luchadores por la justicia social, los wokes aseguraban que venían a ocuparse de todo aquello que la izquierda clásica de raíz obrera y comunista llevaba demasiado tiempo obviando. Pero hubo quien, muy pronto, desde la derecha y también desde la izquierda, comenzó a sospechar que se trataba, en realidad, de algo muy diferente. Esa nueva izquierda identitaria lo que hacía en realidad era traicionar los ideales universales del liberalismo progresista original.

PRIMERAS RÉPLICAS

 

La respuesta a lo woke, en forma de análisis y también de denuncia, desde todos los colores del espectro político, ha llegado ya a las librerías. La cosa comenzó de la manera más saludable posible: con unas risas. En 2019 una tal Titania McGrath, que empezaba a ser conocida en las redes sociales como referente de la justicia social, publicaba precisamente Woke (Alianza), una sátira salvaje -pergeñada en realidad por el cómico Andrew Doyle– que se presentaba como una suerte de «wokismo para dummies» que guiaba al lector por la intrincada selva de la neolengua identitaria y ofrecía una serie de sencillos consejos. Algo así como: «Es fácil ser woke si sabes cómo».

Probablemente la confrontación más seria y sosegada fue la que plantearon Jonathan Haidt y Greg Lukianoff en La transformación de la mente moderna (Deusto, 2019). En sus páginas, estos dos teóricos estadounidenses se ocupaban de uno de los principales núcleos de irradiación del fenómeno: los recintos universitarios de su país. ¿Por qué los alumnos boicoteaban cada vez con más agresividad a oradores y profesores que, según ellos, los ofendían? ¿Por qué exigían «espacios seguros» en unos campus ya muy izquierdistas, incapaces de soportar el menor conflicto? ¿Y qué consecuencias iba a tener todo aquello en la búsqueda de la verdad que debe caracterizar a la Academia y en el porvenir de la democracia liberal occidental?

Al tiempo que se ponía en marcha la teoría, otro profesor pasaba a la práctica. Un vídeo de Jordan Peterson negándose a utilizar los pronombres personales que le reclamaban los alumnos trans de la Universidad de Toronto se viralizaba en Youtube y convertía al psicólogo canadiense en todo un paladín antiwoke. Su libro 12 reglas para vivir (Planeta), en el que defendía a la masculinidad herida por el nuevo feminismo, se alzó rápidamente como un auténtico bestseller mundial.

En España, Juan Soto Ivars fue el canario en la mina que lanzó la primera alerta acerca del wokismo en ciernes en forma de una nueva poscensura que laminaba la libertad de expresión. El periodista se ocupó de ello en libros como Arden las redes (2017), La casa del ahorcado (2021) o Nadie se va a reír (2022), que rescataba un alucinante caso concreto en el que un tipo perdía su trabajo y acababa siendo condenado judicialmente por una broma pesada. Ricardo Dudda, por su parte, se aplicaba con detalle a estudiar los orígenes y las razones del virus de la corrección política en La verdad de la Tribu (2019); Daniel Bernabé denunciaba desde una perspectiva marxista clásica el abandono de la clase por la izquierda en un libro cuyo título supuso un feliz hallazgo terminológico muy usado desde entonces –La trampa de la diversidad (2018 -; Edu Galán exhibía el dramático e injusto reverso tenebroso del #MeToo en El síndrome Woody Allen (2020), y Pablo de Lora se ocupaba de los desvaríos legales de todo esto en Lo sexual es político (y jurídico) (2019) y Los derechos en broma (2023).

Dos libros recientes despliegan una panorámica analítica del wokismo una vez que sus principales posos ideológicos se han asentado, la amenaza va delimitando sus contornos y los síntomas son ya tan evidentes que es posible comenzar a pensar en un diagnóstico preciso e incluso un posible tratamiento. En Teorías cínicas (Alianza), Helen Pluckrose y James Lindsay defienden que el liberalismo y la modernidad se encuentran asediadas por dos amenazas enfrentadas: una izquierda posmoderna woke y una extrema derecha populista alimentada por la primera. Tras la forja sesentaiochista de las ideas posmodernas por un pequeño grupo de filósofos franceses -con Foucault, Deleuze o Derrida a la cabeza-, la Teoría (con mayúscula) se habría convertido en «la principal fuerza de la guerra cultural a finales de la década de 2010», un sucedáneo, tan potente como peligroso, de las viejas religiones . «Nos enfrentamos -advierten Pluckrose y Lindsay- al continuo desmantelamiento de categorías como conocimiento y creencia, razón y emoción, hombres y mujeres, y con una presión reciente para censurar nuestro lenguaje de acuerdo con La Verdad según la Justicia Social«.

GUARDIANES DE LA FE

 

En Cancelados (Paidós), Umut Özkirimli hace frente desde su trayectoria como «intelectual comprometido» a la manifestación más siniestra de la izquierda identitaria actual, esto es, la cultura de la cancelación. Según los nuevos guardianes de la fe, toda aquella persona que manifieste opiniones que ellos consideren como «culturalmente inaceptables» deberá ser boicoteada e incluso excluida de la vida pública. Tal vez no resulta sencillo cancelar a alguien como J. K. Rowling -aunque sí amenazarla de muerte por defender que el sexo es real y ser tachada por ello de «terfa» (trásfoba)-, pero otros no tan poderosos han llegado a perder su trabajo y a ver sus vidas destruidas. «Y por si esto fuera poco -dice Özkirimli-, la estrategia woke es derrotista y la política identitaria radical es divisiva al carecer de una visión basada en valores compartidos».

¿Ha constituido el wokismo un pasatiempo narcisista de las clases medias altas acomodadas de Occidente que pasará a un segundo plano ahora que el mundo se adentra en una nueva era impredecible sacudida por las guerras en Ucrania y Oriente Próximo? Es una posibilidad que sugieren en sus conclusiones los autores los ensayos mencionados, pero existe otra amenaza más inmediata. La repulsa casi instintiva que generan algunos de los motivos de la izquierda identitaria por su rechazo de la naturaleza humana exacerba la polarización y podría llevar a algunas sociedades especialmente vulnerables a un punto de ruptura.