José María Lassalle

«La crisis ideológica de la izquierda supera con creces a la de la derecha, hay una desilusión»

Lucia Mendez.- El Mundo

Fue uno de los pocos ideólogos con mando en plaza de la etapa de Mariano Rajoy como presidente del PP, aunque en los distintos cargos que ocupó nunca dejó de ser el profesor de Filosofía del Derecho, pensador, escritor y asesor que ahora es, obsesionado con el estudio del espíritu de cambio de este tiempo

Hace casi una década de la ruptura del sistema de partidos que funcionó desde la Transición. ¿Cómo analiza la evolución de la política española

Ha evolucionado hacia una disfunción agravada. Ha roto con una tradición que podía haber sido reformada, y ha sido víctima de un adanismo que ha tratado de resetear el sistema para llevarlo desgraciadamente hacia el abismo.

 

¿Cuáles cree que son las razones del fracaso de la que se llamó nueva política?

 

El diagnóstico que propició la nueva política era precipitado, requería todavía un tiempo para saber si el sistema era capaz de renovarse. Y lo que vino fue un sustituto compuesto, por un lado, de laboratorio de Facultad de Ciencias Políticas; y, por otro, de redacción de periódico de gacetilleros.

 

Esos partidos buscaban acercar la política a los ciudadanos y parece que la han alejado más aún.

 

No sólo ha fracasado ese intento, es que ha hecho perder la esperanza de que la reforma del modelo era posible, sentimos que no hay alternativa. Se ha producido un fenómeno parecido al fracaso del último regeneracionismo de Joaquín Costa, que intentó reconstruir la Restauración y acercarla a un régimen democrático. Ahora la capacidad de reconstrucción es mínima, porque la ciudadanía ha perdido la fe en que es posible la reforma. Creo que las personas que gestionan el sistema político no están a la altura de las circunstancias.

 

El concepto político del momento es «polarización». ¿Cómo se ha llegado a esto?

Es consecuencia del triunfo de un teórico de la política profundamente antidemocrático que fue Carl Schmitt. Definió la política como un conflicto permanente, una guerra civil; esa es la lógica que ha alimentado el pensamiento neoconservador y la nueva izquierda de los populismos latinoamericanos que nos llegó aquí por otra vía, y que no cree en los consensos de racionalidad, sólo en el sentimiento. La democracia requiere reglas de racionalidad, entre otras; que el Gobierno también gobierna para la minoría, la aprecia, la respeta, la entiende y la integra en un diálogo sobre el interés general. La democracia necesita consensos.

 

Consenso es una palabra que han olvidado los dos partidos mayoritarios.

Tienen muchísima responsabilidad en lo que está pasando. Está faltando lo que es básico para que los partidos mayoritarios ejerzan como tales, que es la ejemplaridad, situar el interés general por encima del particular. Eso es lo que define la política de Estado. Esa lucha en la que están por defender la parcialidad más inmediata y más pequeña es propia de un comando, no de un partido. Así nos va.

 

Usted fue una persona importante en el PP ¿Cómo contempla la reconstrucción del centroderecha que se dividió en tres partidos?

 

Ahora quedan dos en un entorno de crispación y de profundo desencanto. La crispación la encarna de manera organizada Vox y se traduce en una antipolítica instalada en un dicurso neofascista. Para salir del desencanto es necesario proponer un proyecto de país, una reflexión profunda de la España que se quiere en el siglo XXI y para eso hace falta masa crítica con ideas nuevas, hace falta algo más que lo que el centroderecha aporta.

 

¿Y por qué no se está reflexionando sobre ese proyecto de país?

 

Las circunstancias lo hacen muy difícil. La clase media ha ido perdiendo estatus y confianza en sí misma. El Partido Popular ha sido y sigue siendo un partido de las clases medias que han perdido su orientación sociológica de donde están las fuentes de la nueva prosperidad. Se están alterando los ejes en torno a los que se construyó el discurso de la moderación, y la clase media pierde peso, protagonismo y capacidad de liderazgo, instalándose en un pesimismo que acaba contaminando todo. Es necesario reinterpretar los valores que ha representado el centroderecha: la familia, la propiedad, la empresa, la defensa del mercado, el propósito ético para acompañar la cuenta de resultados.

 

Moderación, dice, otro concepto que no está de moda. ¿España ha dejado de ser moderada?

 

No, lo que pasa es que las voces moderadas han desaparecido, han sido silenciadas por el ruido de la crispación. En la sociedad española hay un grupo de perfiles políticos y de voces que han decidido encarnar la expresión de la democracia a base de ruido y de ver quién grita más.

 

Pero el PP eligió a un líder moderado.

 

Y lo es, nadie discute que Feijóo es un líder moderado, que ha conseguido serenar las aguas y por lo menos identificar un vector claro: que no se ha de imitar lo que representa Vox. Ahora hay que enseñar qué se quiere ser al margen de Vox, que no sea lo que fue el PP de Rajoy ni el PP de Aznar. Encontrar un hilo conductor de tradición que permita pensar lo que la moderación ha de ser dentro de 20 años, eso es difícil cuando llegas después del desastre al que se vio abocado el PP después de Pablo Casado.

 

Nadie se acuerda de Pablo Casado. ¿El PP ha vuelto a su ser, cree usted?

 

Ha sido un borrado de memoria por haber hecho propia la memoria de otro, la de la extrema derecha. La extrema derecha nunca ha sido fundamento ni tradición, ni siquiera de los sectores conservadores que existen dentro del PP. Nunca el PP fue reaccionario. Ser conservador no es ser reaccionario. Por lo menos ahora el PP ha reencontrado el suelo que le permite hacer algo.

 

Tampoco hay mucho tiempo para ese algo antes de las generales.

 

El tiempo es reducido, pero es responsabilidad del partido, que es quien manejó los tiempos y permitió que los que llevaron al PP a encontrarse en esa situación lo lideraran durante cuatro años.

 

¿Cómo se puede explicar la elevada intención de voto que tiene Vox? El PP no logra convencer a los votantes de este partido.

 

La resistencia de Vox responde a la reacción de una parte de la sociedad que, como sucede en otras sociedades europeas y en la americana, tiene miedo a los cambios que está produciendo un mundo que se sale de los ejes normativos conforme a los que se ha interpretado la vida desde hace 200 años. El mundo está mutando, y eso a mucha gente le produce horror vacui. A una parte de la izquierda le ha hecho ser cada vez más asamblearia y a una parte de la derecha le ha hecho ser profundamente reaccionaria, y la ha llevado a resignificar lo que representó el fascismo.

 

Vox niega ser fascista, y otros lo señalan como un partido populista.

 

Es un atrapalotodo antisistémico. Como la derecha alternativa americana. Pero comparte una misma longitud de onda: el miedo al mundo que está emergiendo y que transforma la manera de entender la familia, la comunidad, la forma de vivir las identidades, cómo se relaciona uno con la cultura… y es muy difícil de entender si no hay curiosidad por comprenderlo no como producto de un apocalipsis, sino como producto de unos cambios que responden a las consecuencias de la revolución tecnológica, del cambio climático… El capital ya no son los activos financieros del mundo industrial, ahora es la propiedad de los algoritmos, las empresas son plataformas, el conocimiento empresarial se basa en un sistema de inteligencia artificial.

 

El centroderecha está en crisis, pero ¿qué me dice de la izquierda o del centroizquierda si se prefiere?

 

Si en el centroderecha hay un desencanto manifiesto, en el centroizquierda y la socialdemocracia lo que hay es una desilusión. Han perdido la confianza en el progreso y en lo que representaba para la izquierda la propia idea del progreso. Creo que la crisis ideológica de la izquierda supera con crisis a la de la derecha. La izquierda tradicional ha sido capaz de desactivar el tsunami populista que irrumpió y fue capaz de desestabilizar la democracia. Mientras que la derecha tiene aún que desactivar a la extrema derecha. Pero la capacidad de la izquierda para proyectar y encauzar los cambios culturales ha desaparecido, navega como puede en un tacticismo muy inmediato del que le salva que el BOE requiere del trabajo de una comisión de subsecretarios.

 

¿Cómo cree que pasará a la Historia el primer Gobierno de coalición de izquierdas de la democracia?

 

Menos mal de lo que inicialmente podía haberse aventurado. Más allá de la desesperación que sé que produce en muchísima gente y del malestar que proyecta el descontento con muchas de sus iniciativas, ha tenido que gestionar una pandemia, una crisis social, cambios estructurales y la guerra de Ucrania. El balance no es tan negativo como pudiera haber sido.

 

¿Erraron los que pronosticaban un desastre económico y social?

 

Totalmente, la política económica que ha hecho Nadia Calviño la habría hecho cualquier técnico comercial del Estado. Son los técnicos comerciales del Estado los que siempre han gestionado la política económica. Tanto la de Luis de Guindos como la de Nadia Calviño.

 

¿Qué opinión le merece la Ley de Memoria Democrática?

 

Estoy de acuerdo en que debe haber una ley de memoria democrática, aunque no sé si la manera en la que la ha gestionado este Gobierno a la hora de comunicarlo a la sociedad ha sido la más inteligente. Yo, como descendiente de familia republicana represaliada, me sentí reconfortado al ver salir a Franco del Valle de Cuelgamuros, pero otras cosas no me han gustado.

 

Hace unos días exhumaron a José Antonio Primo de Rivera y no hubo tanta controversia. ¿La ley empieza a ser asumida por todos?

 

Al final no ha pasado nada. España sigue adoleciendo de una sanación de su pasado. Unos perdieron la guerra y otros la ganaron. La Transición fue capaz de tapar el conflicto, pero la memoria no supo ser sanada. Eso pasa en todos los duelos. España aloja una culpa reprimida que es el franquismo y, en algún momento, habrá de asomarse a esta realidad histórica con naturalidad, como ha hecho el mundo académico.

 

Nos estamos asomando a otra realidad que los españoles tampoco sospechaban, la de las andanzas del Rey Juan Carlos. ¿Qué opinión le merece todo lo que rodea al ex jefe del Estado residente en Abu Dabi?

 

Estamos ante alguien que no ha entendido que ya no es su tiempo y lo que tendría que hacer, con toda la dignidad, es imitar a Carlos V y retirarse a un monasterio para meditar. La Corona y la Monarquía sólo son viables en la medida en que sean ejemplares, y es triste que un hijo lo entienda y no un padre.

 

Lo que choca es que hiciera todo lo que ahora se ha sabido, no trascendiera, y ahora lo sepamos todo junto.

 

El mundo ha cambiado, cuando en el pasado sucedían estas cosas, había un velo de silencio que incluso existía en la vida privada de la gente más sencilla. El Rey Juan Carlos aportó mucho a España, y los españoles tenemos generacionalmente una deuda con él. Pero no sabe estar ahora a la altura de las circunstancias. La suerte que tenemos es que el Rey Felipe VI está acreditando que la Monarquía, con un depósito histórico de más de 1.000 años, es un activo que merece la pena seguir defendiendo.

 

Fue usted secretario de Estado de la Sociedad de la Información y la Agenda Digital antes de dejar la política. Yestá a punto de salir su libro titulado ‘Civilización digital’. Muchas personas están alertando sobre el peligro de la inteligencia artificial. ¿Es una amenaza para el ser humano?

 

Puede ser incluso peligrosa para la especie. Hawking ya alertó sobre una inteligencia artificial sin límites éticos. No se ha tenido miedo hasta ahora porque desde hace 50 años hemos tratado de replicar un cerebro humano en un cerebro artificial. Pero, desde hace algún tiempo, se ha saltado del aprendizaje automático al aprendizaje profundo, a la racionalidad creativa que hace posible la capacidad de pensar en su mayor profundidad. Ahí es donde la investigación necesita no parar, porque eso es reaccionario, pero sí fijar unas reglas y unos límites. La inteligencia artificial llevada hasta sus últimas consecuencias puede generarnos un riesgo de especie, de sustitución y quizá de cancelación.

 

Como para no tener miedo.

 

Hay que generar una inteligencia artificial amigable, que nos ayude a liberarnos del esfuerzo y recuperar la sabiduría. El mundo se ha quedado pequeño y el ser humano necesita seguir ambicionando nuevas metas. Y esto vale para el centroderecha de Feijóo y para la izquierda, no sé si de Sánchez o de Sumar.

 

¿Qué opina de Yolanda Díaz?

 

Me parece un fenómeno interesante. Trata de imaginar una izquierda en el siglo XXI desde las ideas de la izquierda del siglo XX. Es muy complicado, pero interesante.