MEMORIA

Hubo una Turquía laica

Hace un siglo, se proclamó la República de Turquía sobre las bases de estado laico y régimen parlamentario.

Luis Reyes.-The Objective

 

Durante cerca de un siglo Turquía sería un país laico, miembro de la OTAN, candidato a la Unión Europea. 

 

La Gran Guerra de 1914-1918 barrió los imperios de Europa. Su primera víctima fue el zar de Rusia, destronado en 1917, asesinado con toda su familia en 1918. Y eso que estaba en el bando ganador de la Primera Guerra Mundial. En el bando perdedor, el Káiser de Alemania y el emperador austro-húngaro salieron para el exilio en cuanto se certificó su derrota. Sin embargo en Constantinopla el sultán siguió sentado en su trono.

Mehmed VI conservó la corona otomana, que ceñía desde hacía sólo unos meses, pero no el poder, porque sus antecesores lo habían perdido desde los golpes de estado de los Jóvenes Turcos en 1908 y 1913. Este movimiento, extraña mezcla de progreso y modernización con racismo y un totalitarismo capaz de crueldades como el genocidio armenio (véase El perpetuo genocidio armenio, en THE OBJECTIVE de 1 de octubre pasado), estaba regido por un triunvirato militar, Enver Pachá, Talal Pachá y Cemal Pachá (pachá significa general en turco), que metió a Turquía en la Gran Guerra. 

El hombre fuerte del triunvirato era Enver Pachá, educado en Alemania y apasionado admirador de todo lo germánico, incluido su racismo. Él fue el principal responsable de que Turquía se embarcase en un conflicto para el que no estaba preparada. Como el sultán de Turquía era desde el siglo XVI califa, es decir, jefe de todos los creyentes, delegado de Mahoma, máxima autoridad política y religiosa del Islam, y era un pelele en manos de Enver, le hizo proclamar la yihad, la guerra santa contra los infieles, confiando en una movilización del mundo musulmán contra su principal adversario, el Imperio Británico.

En vez de eso, el guardián de la Meca, el Jerife Hussein, con ayuda de Lawrence de Arabia, se sublevó contra los turcos y proclamó la independencia de los árabes. Era el principio de la disolución del Imperio Otomano. Los tres Pachás huyeron al exilio tras la derrota de la que eran responsables. No les valdría la fuga, les alcanzó a los tres la venganza armenia, pero eso es otra historia.

La situación en que el triunvirato de los Jóvenes Turcos dejó al Imperio Otomano en 1918 era apocalíptica. Se habían perdido los inmensos territorios del Oriente Medio, Arabia era independiente, los ingleses tenían desde Iraq a Egipto, más la isla de Chipre de propina, los franceses Siria, Líbano e incluso Cilicia, en la Península de Anatolia. Tropas británicas e italianas habían ocupado toda la parte europea que le quedaba al Imperio Otomano, incluida la capital, Constantinopla, y encima los griegos, eternos enemigos de los turcos, desembarcaron en 1919 en Anatolia, ocupando la región de Esmirna, donde vivía una elevada población helénica. Para completar la aniquilación del estado otomano, las regiones armenias y kurdas se habían declarado independientes.

El gobierno del último sultán, Mehmed VI, reducido a figura decorativa, aceptó esa situación firmando el Tratado de Sèvres, pero hubo una figura que se rebeló contra esa capitulación, Mustafá Kemal Pachá. El general Kemal era un Joven Turco, pero no le alcanzaban ninguna de las culpas de los tres Pachás. No había tenido nada que ver con el genocidio armenio, cosa que no importaba mucho en su país, pero sí para alcanzar prestigio en el extranjero, no formaba parte del gobierno del triunvirato que metió a Turquía en la Gran Guerra y, sobre todo, era el único militar turco triunfador.

Mustafá Kemal había derrotado a los británicos deteniendo el desembarco de Gallípoli, propinándoles una paliza con tan elevado número de bajas que estuvo a punto de costarle la carrera política a Winston Churchill. Como primer lord del Almirantazgo (ministro de Marina) Churchill planeó y fue el principal responsable del desastre de Gallípoli. Tuvo que salir del gobierno e irse al frente como simple comandante, pero eso es también otra historia.

Atatürk, padre de los turcos

La gran popularidad de Mustafá Kemal hizo que en torno a él se aglutinaran tanto los nacionalistas radicales como los partidarios de la modernización de Turquía. Cuando las potencias aliadas ocupantes de Constantinopla permitieron elecciones parlamentarias en 1919, el triunfo de los kemalistas fue claro. Si se hubiera aceptado el veredicto de las urnas Turquía se habría ahorrado muchos problemas, pero los Aliados obligaron al sultán Mehmed, que ahora era su instrumento, a disolver ese Parlamento demasiado independiente.

Kemal, que tenía su cuartel general en Ankara, en el centro de la Península de Anatolia, convocó allí una Asamblea Nacional paralela, a la que se incorporaron los diputados que pudieron huir de Constantinopla y otros de provincias. En lo que quedaba del Imperio Otomano había dos poderes, uno real, el de Kemal en Ankara, otro ficticio, el del sultán que era en realidad el de los Aliados. Kemal fue condenado a muerte en Constantinopla, pero todas las fuerzas militares que se enviaron a Ankara para detenerlo se le pasaron.

Kemal combatió contra todos, expulso a los franceses de Cilicia y a los griegos de Esmirna, se alió con la Unión Soviética, aplastó la independencia de Armenia -otro genocidio armenio-, y logró que los Aliados se retiraran de Estambul, como llamaban los nacionalistas a la imperial Constantinopla.

Renegoció el Tratado de Sèvres, mejor dicho, lo tiró a la papelera y consiguió uno nuevo, el Tratado de Lausana (1923), a la medida de su nacionalismo, que había renunciado a los sueños del Imperio Otomano y se limitaba a Anatolia y Estambul, donde vivía la raza turca, con un solo idioma y sin más religión que el nacionalismo, pues Kemal era convencido partidario del estado laico. No es extraño que la Asamblea Nacional le otorgase un nuevo apellido, Atatürk, que quiere decir «Padre de los turcos».

Obviamente Mustafá Kemal Atatürk no necesitaba ya para nada manejar la marioneta del sultán y el 1 de noviembre de 1922 abolió el sultanato y licenció a Mehmet VI. El último sultán salió de Constantinopla en un buque de guerra inglés, y pasaría lo que le quedaba de vida en un dorado exilio en la Riviera italiana.

Solamente faltaba disolver formalmente el Imperio Otomano y proclamar la República de Turquía, lo que llevó a cabo la Asamblea Nacional el 29 de octubre de 1923, hace justo cien años. A Kemal le quedaba por delante sin embargo un trabajo ciclópeo, reconstruir un país destrozado y hacerlo según el modelo europeo: sistema político parlamentario, estado laico. Lo logró con mano de hierro, prohibiendo la vestimenta musulmana, aboliendo el alfabeto árabe e imponiendo el latino.

Durante cerca de un siglo Turquía sería un país laico, miembro de la OTAN, candidato a la Unión Europea. Luego ganaron las elecciones los islamistas, vino Erdogan, y el sueño modernizador de Atatürk daría paso a una dictadura islámica.