CULTURAS

Gennaro Sangiuliano

Ministro de Cultura italiano.

Entrevista de Ángel González Fuentes.- ABC

Jurista y periodista con una larga trayectoria en la RAI, explica en una entrevista con ABC la revolución de Giorgia Meloni en el sector de la cultura.

[La recuperamos para La Mirada Disidente por su interés dado que muestra de forma clara como las cosas se siguen moviendo en toda Europa, rompiendo los muros clásicos del partidismo y del binomio izquierda-derecha, siendo sustituidos por otros parámetros (Nota del editor).]

«No quiero ser reelegida a cualquier precio. Cuando no tienes nada que perder, puedes tirar de la cuerda». Estas palabras de Giorgia Meloni sirven para definir en buena parte el carácter y determinación de la primera ministra italiana, cuyo consenso sigue creciendo. La votaron el 26% de los italianos (hoy Hermanos de Italia supera el 31% en intención de voto), «atraídos por su buena imagen personal y porque desean un liderazgo fuerte, capaz de cambiar y dar un futuro a este país, anquilosado durante las últimas décadas», según el reputado historiador y escritor Ernesto Galli della Loggia, editorialista del ‘Corriere della Sera’.

Para Italia, un Gobierno de la derecha encabezado por primera vez por una mujer es considerado, incluso por buena parte de la izquierda, una revolución política y cultural, una ocasión histórica que los italianos observan con gran expectación. Dicen algunos historiadores que en las últimas décadas ha predominado una narrativa nacional de la izquierda, con una hegemonía cultural y una supuesta superioridad moral, que se ha demostrado que no existe en la realidad. Una de las personas sobre las que Giorgia Meloni ha confiado para cambiar esa narrativa nacional es el ministro de Cultura, Gennaro Sangiuliano, un intelectual prestado a la política, pragmático y determinado, que se autodefine como un liberal conservador.

Sangiuliano (Nápoles, 60 años) es jurista y periodista con una larga trayectoria en la RAI, donde era director de los informativos de Raidue, autor de varios libros y de biografías sobre Ronald Reagan, Donald Trump, Hillary Clinton, Vladímir Putin y Xi Jinping. No es casual que para explicar y dar contenido a esta revolución cultural, Giorgia Meloni haya elegido a un experto en comunicación, profesor universitario de Historia de la Economía y del Derecho de la Información, orgulloso de su biblioteca con 15.000 volúmenes, apasionado de la historia, cuyas enseñanzas ha plasmado en numerosos ensayos históricos, incluyendo a intelectuales españoles que son para él un referente, como Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno. En su despacho del Ministerio de Cultura, en el imponente Palacio del Colegio Romano, que fue convento fundado por San Ignacio de Loyola, Gennaro Sangiuliano explica a ABC la revolución cultural del Gobierno Meloni.

La izquierda y numerosos medios internacionales comentaron que la llegada de Giorgia Meloni suponía un riesgo de fascismo. Ahora los medios reconocen, en general, que el fascismo es un fenómeno histórico muerto. ¿Cómo es percibida hoy Meloni internacionalmente?

—Giorgia Meloni está sorprendiendo positivamente, porque está demostrando grandes habilidades. En cumbres al más alto nivel internacional, ha establecido ya una excelente relación con Joe Biden, presidente de un país amigo y aliado de Italia. Al mismo tiempo, ha entablado un diálogo franco y constructivo con el presidente chino, Xi Jinping, sobre asuntos de interés común. Y en Europa tiene buenas relaciones con todos los dirigentes, obviamente respetando las diferentes ideas de cada uno.

Pero todavía se critica a un sector de la derecha italiana, por considerarlo ‘contaminado’ de alguna forma con el pasado.

—Giorgia Meloni es la presidenta de un partido de derecha democrático, moderno y proyectado en el futuro. Los hechos de su Gobierno lo demuestran. Y hay también gestos importantes muy significativos. Mi primer acto oficial como ministro de Cultura fue una visita a la sinagoga de Roma y al Museo Judío Romano. Y estoy trabajando muy activamente para crear el Museo de la Shoah en Roma, que fue un viejo proyecto anunciado en el pasado [en 2005] por el alcalde Veltroni (Partido Democrático), un proyecto que cayó en el olvido. También Giorgia Meloni visitó, el 19 de diciembre, el Museo Judío de Roma, para asistir a la ceremonia por la festividad judía de Hanukkah, volviendo a condenar duramente las leyes raciales del fascismo.

¿Hasta qué punto Giorgia Meloni, al declarar «no quiero ser reelegida a cualquier precio», evoca sin citar a un admirado político italiano que hizo célebre esta frase: «El político trabaja para las próximas elecciones, el hombre de estado para las próximas generaciones»?

—Meloni tiene la capacidad de diseñar un proyecto político que no busca el titular del diario de mañana, sino que piensa en algunas cosas importantes a conseguir en una perspectiva que debe ser de cinco años.

La izquierda, que ha sido también portadora de ciertos valores, en las últimas décadas ha intentado imponer un modelo de cultura y de sociedad. ¿Cómo analiza esta evolución?

—La cultura es un sector en el que la izquierda ha ejercitado una innegable hegemonía. Fue una idea desarrollada por Antonio Gramsci y puesta en práctica por Palmiro Togliatti [líderes del Partido Comunista Italiano] en el siglo pasado. Mientras la Democracia Cristiana se preocupaba por ocupar el poder económico y administrativo, el Partido Comunista se interesaba por ocupar las redacciones de periódicos, universidades, centros culturales, el arte… Esta hegemonía de izquierda se desarrolló y se fortaleció en 1968. El resultado ha sido una demolición de culturas y modelos ligados a la tradición, a la familia, a la vida, al sentido religioso, a la identidad y a las raíces, a los méritos y capacidades personales.

¿Cómo explica esa evolución y fracaso de la izquierda?

—Porque la hegemonía cultural de la izquierda ha funcionado como disolución, no como solución. No ha creado valores de referencia, ideas y modelos positivos. Sus utopías han naufragado a partir del comunismo. Tocqueville y Ortega y Gasset nos recuerdan que una sociedad democrática no puede prescindir de una serie de valores. Muchos de ellos son valores europeos comunes, es decir, no solo valores italianos o solo españoles, como vemos en el sur de Italia, que tuvo siglos de dominación española. Ortega y Gasset advirtió a los grupos de poder que no se pueden elaborar modelos y soluciones sin tener en cuenta el sentir común de la gente.

Con su hegemonía cultural, la izquierda ha alardeado también de una supuesta superioridad moral. Ahora le ha explotado el ‘Qatargate’, el escándalo en el Parlamento Europeo. ¿Cuál es su opinión al respecto?

—Me parece que la izquierda ha perdido toda credibilidad en cuanto a la supuesta superioridad moral, no solo por lo relacionado con Qatar, sino por lo que ha pasado durante muchísimos años. La izquierda no puede reclamar superioridad alguna. Los ladrones son ladrones, la corrupción es un factor patológico, es una violación de la Código Penal y que puede ser de derecha o de izquierda, no tiene nada que ver con la afiliación política.

¿Cómo cambiará el Gobierno Meloni en relación con el modelo cultural que ha impuesto la izquierda?

—No quiero reemplazar la hegemonía de izquierda con la hegemonía de derecha. Quiero que la cultura sea abierta, libre y plural; que haya expresión de izquierda en la cultura, pero también debe haber libremente expresiones de derecha en el cine, la televisión, las artes figurativas, la literatura. Hay que darles a todos las mismas oportunidades. Una pluralidad y un coro de voces. La política sin ideas, sin cultura, no existe, se vuelve solo una cuestión de simple administración. Benedetto Croce decía que la política es la proyección de lo que se elabora en el mundo de las ideas. Es decir, primero tienes ideas y luego se plasman en un programa político electoral.

Usted se define como un intelectual liberal de derecha, y se considera también un conservador, un término a menudo denostado por la izquierda que se proclama progresista.

—Yo comparto las ideas de Giorgia Meloni, que es la presidenta del Partido de los Conservadores y Reformistas Europeos. Ser conservadores significa poner la confianza en el sentido de la historia, en las raíces y la tradición, para buscar en ellas el camino del futuro. No significa rechazar los cambios; al contrario, significa orientarlos en el sentido profundo de la historia de una comunidad. Giuseppe Prezzolini [escritor, historiador y profesor universitario] dice que el progresista es la persona del mañana; el conservador, la persona del pasado mañana. Es decir, el conservador va por delante del progresista, porque innova una sociedad y salvaguarda sus valores. En realidad, ¿quién ha llevado a cabo las grandes modernizaciones en Occidente en las últimas décadas? Margaret Thatcher, Ronald Reagan, José María Aznar, Helmut Kohl… Son todas personalidades que vienen del mundo conservador y que han modernizado sus países.

Habla usted de modernización. Precisamente, en la nueva narrativa de Giorgia Meloni y su Gobierno se habla a menudo de modernidad. ¿Qué se quiere decir?

—Modernidad es una palabra clave. Liberal conservador significa estar abierto a la modernización y la modernidad. La cultura debe ser libre y abierta, teniendo en el centro a la nación y la tradición italiana. En las últimas décadas, Italia ha vivido demasiado importando modelos culturales del exterior, hemos importado todo. Este es un problema en todo Occidente. En cambio, tenemos que apropiarnos del valor de nuestros modelos culturales, sentirnos orgullosos de nuestra historia: Italia ha sido el Humanismo, el Renacimiento, el Derecho Romano… y, por lo tanto, debemos fusionar todo esta cultura en un nuevo imaginario italiano.

¿No se puede caer así en una cultura soberanista y ser motivo de crítica de algunos países europeos?

—En absoluto. Cuanto más fuerte seas en tus convicciones, más y mejor te podrás abrir al exterior.

Además de modernidad, hay otras dos palabras clave en el discurso de la derecha y muy en particular de Giorgia Meloni: nación y patria. ¿Por qué son fundamentales en la cultura de la derecha?

—La nación es un concepto identitario, evoca nuestra identidad nacional. Es la única palabra al respecto que encontramos en nuestra Constitución. No se usa la palabra país. En cuanto al sustantivo patria, reclama el valor de nuestras tradiciones, historia y cultura. En la antigua Roma, Cicerón la definía como el conjunto de instituciones, tradiciones, sentimientos, ideales. En la posguerra era una palabra rechazada por muchos, al igual que símbolos como la bandera y el himno. El presidente Ciampi [Carlo Azeglio, jefe de Estado, entre 1999 y 2006], que no fue de derechas, sino un republicano laico, tuvo el mérito histórico de recuperar la estima de los italianos por la bandera y el himno nacional.

Frente a esa aspiración del orgullo por la historia de Italia, está el desafío que plantea la cultura de la cancelación, que pretende reescribir la historia y destruir el arte.

—Todo debe ser relativizado al período histórico que se analiza. Por ejemplo, los romanos formaron un gran imperio y crearon el derecho romano, que lo transmitieron a muchos pueblos. También España creó un imperio y realizó en América Latina una obra muy importante con personalidades de gran relieve. ¿Hay que castigar a España por ese pasado? Nos indignábamos por los talibanes que en Afganistán destruyeron las colosales estatuas de Buda. Y luego queremos hacer lo mismo con Cristóbal Colón, incluso con Shakespeare o Churchill y otros personajes que han tenido méritos históricos. El mundo occidental, desde Europa a Estados Unidos, está marcado por el fenómeno de la cultura de la cancelación. Ernesto Galli della Logia lo ha definido como un «delirio suicida», que está devastando la imagen de sí mismo de Occidente, deslegitimando la memoria y paralizando la acción cultural. Un método de censura y discriminación que ha asumido las connotaciones de lo ‘políticamente correcto’, que condiciona el debate intelectual y su libertad de expresión.

¿Cuál puede ser la consecuencia de la cultura de la cancelación y cómo condiciona el debate intelectual?

—En nuestra sociedad, la cultura de la cancelación tiende a configurarse como una cultura progresista, liberal y fluida sobre las cuestiones morales y civiles. Asistimos a la cancelación de enseñanzas o cursos, con expulsión o autosuspensión de profesores, todos marcados con fuego por las habituales acusaciones: racismo sistémico, sexismo, homofobia, islamofobia… Se va desde la cancelación de cursos universitarios de latín y griego, porque Aristóteles habría justificado la esclavitud, a la eliminación de los circuitos de venta de la biografía de Philip Roth por vilipendio del #MeToo; hay profesores que han invitado a quemar las publicaciones de la escritora Abigal Shirier, rea de haber contestado la identidad de género aplicada a los menores. La nueva cultura de la cancelación se traduce hoy en una nueva censura preventiva. Poco a poco, los intelectuales de izquierda han comenzado a abrazar esta nueva censura, sobre la que ha echado raíces lo políticamente correcto, llegado desde los Estados Unidos con un aumento gradual de agresividad frente a quienes no se pliegan a sus dictados. Negar el pasado, a menudo también con la destrucción de monumentos y símbolos, significa negar el tiempo y la historia.

A un ministro de Economía italiano se le atribuyó esta frase, que luego desmintió: «Con la cultura no se come«. ¿Qué importancia puede tener la cultura en la economía?

—Sobre esa frase yo pienso todo lo contrario. Para Italia, la cultura puede ser una gran fuerza motriz económica. Se debe proteger la cultura y convertirla en un factor de desarrollo económico. Debemos aumentar y mejorar los servicios. Podemos aumentar nuestro producto interior bruto utilizando de forma eficiente nuestro extraordinario patrimonio cultural.

El Gobierno Meloni ha aprobado una reforma discutida sobre el bono cultural para los jóvenes a partir de 18 años: con el cambio se premia el mérito de los estudiantes y a los alumnos de familias con menos recursos. ¿En qué consiste esta política del mérito, una palabra que se ha incorporado a un ministerio, el de Educación y Mérito?

—El mérito es fundamental para un Estado. Se debe garantizar a todos las mismas condiciones de partida. Imaginemos una competición de atletismo: uno no puede empezar la carrera un metro por delante. Todos tienen que ser puestos en la misma línea de salida. Pero luego gana el mejor. Hay que reconocer a los que estudian más en la vida, se comprometen más y son más capaces, pero al mismo tiempo se debe garantizar en general las oportunidades y un mínimo a todos.

En Venecia, entrará en vigor próximamente la tarifa de acceso a la ciudad, integrada en el sistema de reservas. Es un tema abierto a debate en Italia el de los flujos turísticos en las ciudades de arte italianas, en las que hay monumentos abarrotados de turistas, como es el caso, por ejemplo, del Panteón de Roma. ¿Qué novedades introducirá su ministerio?

—Tengo un plan importante que consiste en llevar turistas a zonas de Italia bellísimas menos visitadas. Tenemos sitios turísticos muy concentrados; es decir, todos los que llegan a Italia van a Venecia, Roma, Pompeya, en parte también a Milán y Nápoles, y luego otros lugares bellos como Capri, que son conocidos. Pero tenemos que ampliar los sitios a visitar: el interior de Campania; es bella la región de Apulia, al igual que la tierra samnita [región histórica y área geográfica del centro-sur de Italia, incluyendo Molise, región con una costa sobre el Adriático, y las áreas limítrofes]; el interior de Sicilia es fascinante; las colinas de las Marcas son maravillosas. A esas y otras zonas, no cubiertas por los grandes itinerarios turísticos, debemos llevar nuevos visitantes. En cuanto al Panteón de Roma, iniciaremos a cobrar un billete al módico precio de dos euros. Esos ingresos se destinarán al mantenimiento del monumento.

Italia y España mantienen tradicionalmente muy buenas relaciones, pero en los últimos tiempos parece que están apagadas. ¿Acentuará su ministerio la relación cultural entre España e Italia?

—Hay una razón fundamental para aumentar de nivel nuestras relaciones culturales con España: históricamente, la cultura española es especialmente importante para el sur de Italia, después de tantos siglos de presencia de España. Basta decir que hemos tenido un rey en común: Carlos III de Borbón fue primero Rey de Nápoles y luego Rey de España. Los testimonios de españoles que hay en el sur de Italia son enormes: aparte de toda la gente que tienen apellido español, por su clara ascendencia española, tenemos muchas cosas en común España e Italia. La presencia española en el sur la tocas con la mano si vas a Nápoles y Sicilia. La especial relación cultural entre Italia y España queda demostrada con la exposición ‘Otro Renacimiento. Artistas españoles en Nápoles a principios del siglo XVI’, en curso en el Museo del Prado. Realizada en colaboración con el Museo de Capodimonte, la exposición ilustra la manera especial en que los más importantes artistas españoles del siglo XVI, al trasladarse a Nápoles, entonces perteneciente al Reino de Aragón, hicieron suya la revolución artística del Renacimiento italiano. Pienso que tenemos que continuar y subir el nivel de intercambio cultural entre España e Italia. Presentaremos en primavera, en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, que es uno de los museos más importantes de Italia, una exposición de Manolo Valdés, un gran artista español contemporáneo. Espero conocer y reunirme cuanto antes con el ministro de Cultura de España para empezar a realizar proyectos conjuntamente. Deseo encontrar igualmente a los dirigentes del Museo del Prado para realizar también un importante intercambio.

Tiene el Ministerio de Cultura numerosos proyectos, porque maneja 4.275 millones de euros de los fondos europeos (PNRR, Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia), para relanzar diversos sectores culturales. ¿Cuál es el proyecto más llamativo?

—En Nápoles realizaremos una obra de enorme valor con el ayuntamiento: la reestructuración del Palacio Fuga, un edificio imponente en el centro histórico de Nápoles. Es conocido como el Albergo de los pobres, porque lo mandó construir el Rey Carlos III de Borbón, para acoger a los pobres. Será transformado en un gran centro polifuncional para la cultura. Aquí instalaremos, entre otras cosas, la gran Biblioteca Europea de Nápoles y una sección del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. El Albergo de los pobres se transformará así en el Centro Nacional de Arte y de Cultura, como el Beaubourg de París.