España y los huérfanos asesinos

«A veces nace un partido para sacar de la esclusa a millones de huérfanos. Lo consigue durante un rato

Juan Cla de Ramón .- El Mundo

 

Conviene reparar en esta frase del discurso de Alberto Núñez Feijóo con motivo de la reforma del delito de sedición: «Quiero que sepan que el centro político que no entiende esta decisión no está huérfano». Huérfano: esa palabra no se puso ahí al desgaire. Al contrario: Feijóo y su equipo cortejan a uno de los colectivos más curiosos y esquivos de la política española, sin parangón, que yo sepa, en otras democracias. El colectivo de huérfanos políticos. En su acepción familiar y estricta, perder al padre o a la madre antes de tiempo, ser huérfano es una desdicha. En política, en cambio, ser huérfano, no tener partido al que votar, es señal de distinción y da prestigio. Orfanear mola, engancha, queda de lujo. Acodado sobre la actualidad, el huérfano entona tristes endechas por la suerte de España: ¡qué mal está todo! ¡Me siento huérfano! ¡Ningún partido me representa! Da un cabeceo filosófico y vuelve con las manos en los bolsillos a comentar su desamparo en el hospicio, logia de alto copete que frecuenta gente muy principal, como el ex presidente Felipe González, que de tanto en tanto da noticia de su orfandad.

A veces nace un partido para sacar de la esclusa a millones de huérfanos. Lo consigue durante un rato. Pronto la tentación de orfanear renace en este tipo de elector, que tiende a pensar en su voto como en un selfi, la abreviatura de todos los matices irisados de su personalidad. El nuevo partido le tira de la sisa por la derecha, la pernera izquierda le cae un pelín estrecha. Nada que hacer: si no se le muere el partido, lo asesina con su abstención, como ese millón de huérfanos asesinos que pidieron furiosos a Albert Rivera que les devolviera las cartas de amor y, al hacerlo, negaron a Ciudadanos un suelo digno en las elecciones de noviembre de 2019. Cierto: Ciudadanos había cometido errores garrafales, monstruosos. Pero también PSOE y PP han cometido errores en su historia y nunca habían sido diezmados por el huerfanismo como lo fue Ciudadanos, un partido «acribillado por los besos de sus hijos», en verso de Leopoldo Panero bien traído por Manuel Arias Maldonado. Se confundió un partido necesario con un partido ideal: ahí yace el cadáver.

Feijóo intuye que para ser presidente y serlo con holgura tiene que ganarse al poderoso movimiento huerfanista, para el que Sánchez solo tiene previsto, al parecer, sucesivas tandas de azotes. Sabe, además, cuál es su perfil: votante de centroizquierda preocupado por la cuestión nacional. No quiere votar a este PSOE, pero le entran sudores de pensar que alguien pueda decir de él que ha dejado de ser un socialdemócrata clásico. No digo que Feijóo y el PP no deban poner de su parte para facilitar el trance, pero, al final, del huerfanismo, como de cualquier vicio, solo se sale queriendo. He aquí una idea que puede traer paz de espíritu: tu voto no es tu retrato.