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Entrevista a Pedro Corral

«Me pregunto si una parte de la izquierda utiliza la Guerra Civil para tener legitimidad para gobernar.»

Richi Franco.- El Debate

Pedro María Corral acaba de publicar «Vecinos de sangre. Historias de héroes, villanos y víctimas en el Madrid de la Guerra Civil. 1936-1939», un trabajo detallado y encarnado de lo que la Guerra Civil fue realmente; no desde los discursos y las grandes palabras cinceladas en el mármol de la Historia, sino a través de la consulta de 24.000 documentos con las declaraciones de la gente corriente, con afectos y desafectos por sus vecinos, porteros e inquilinos de las escaleras de las casas, en un Madrid incendiado por una guerra entre hermanos que convivían puerta con puerta. Pedro María Corral nos cuenta para El Debate algunos detalles de la bondad y, cómo no, también de la maldad de aquellos días y de aquellas gentes, tan parecidas a nosotros.

 

–Pedro, ¿Podremos llegar a comprender algún día qué sucedió en la guerra, o es un problema irresoluble?

 

–La Guerra Civil terminó, pero sus secuelas se prolongaron en el tiempo con un régimen que hizo de la victoria de 1939 el fundamento esencial de la pretendida legitimidad de su poder. Me pregunto a veces si una parte de la izquierda está buscando ahora utilizar la Guerra Civil para añadir un plus de legitimidad para gobernar, y restársela a sus adversarios políticos. Hay historiadores como Enrique Moradiellos que han desarticulado muy bien el mito de la inevitabilidad de la contienda.

 

-¿Cuánto desconocemos todavía de ella?

 

–Creo que conocemos los grandes trazos de la Guerra Civil. Existen muchos historiadores, sobre todo jóvenes, que desde diferentes perspectivas siguen desentrañando la multitud de filamentos que componen esos grandes trazos. No se trata de conocer más a fondo las razones que condujeron al enfrentamiento bélico, que son de sobra conocidas, aunque pueda haber multitud de opiniones, sino de preguntarnos si estamos dispuestos a asumir definitivamente que hay causas que empujan a un país a la autodestrucción y que debemos evitarlas.

 

–¿Cuántas guerras civiles dentro de la guerra faltan por descubrir, más allá de los bandos y las miradas simplistas?

 

–Que un sacerdote declare en un interrogatorio, después de ser detenido por las milicias, que está dispuesto a luchar con las armas por el bando que está asesinando diariamente a decenas de sus compañeros eclesiásticos, es uno de los centenares de miles de guerras civiles que siempre quedan por conocer.

 

–¿Por qué en España parece que no hacemos cuentas con el pasado?

 

–La generación que vivió y sufrió la Guerra Civil decidió cerrar esas cuentas para que sus hijos y nietos pudiéramos ganar juntos el futuro y remediar el pasado que ellos habían perdido. El primer borrador de Ley de Amnistía lo presentó el PCE. Había una firme voluntad, también por parte de la izquierda, de superar las dos Españas.

 

Más del 90 por ciento de los que lucharon en la Guerra Civil fueron reclutas forzosos. La inmensa mayoría no tuvo elección.

 

–¿Hasta qué punto nuestro desconocimiento impide la solución de los problemas? Parece que sólo conocemos interpretaciones sesgadas de lo sucedido.

–Es verdad que durante mucho tiempo han seguido dominando los mensajes propagandísticos de los dos bandos. Un ejemplo es el de la falsa motivación bélica del pueblo español: las imágenes épicas de los voluntarios de ambos contendientes ha ocultado la pedestre realidad de que en las dos Españas tuvieron que abrir en pocas semanas las cajas de recluta por falta de combatientes. Más del 90 por ciento de los que lucharon en la Guerra Civil fueron reclutas forzosos. La inmensa mayoría no tuvo elección: luchó en el bando que había triunfado en su pueblo o su ciudad.

 

–¿Quién ha ensombrecido o ayudado a la creciente desinformación y, por tanto, a un continuo enfrentamiento por atribuirse la verdad?

 

–Me parece que todas las aportaciones al conocimiento del pasado son valiosas. Otra cosa es que se nos presenten como la verdad absoluta. Todo es debatible. Me causa más estupefacción la utilización política de la Guerra Civil por personas que demuestran fehacientemente que no se han leído un solo libro sobre el tema.

 

–Usted ha tenido acceso a una documentación poco manejada ¿Puede contarnos algo de ella?

–Son las declaraciones juradas de porteros y vecinos realizadas ante los vencedores en Madrid en 1939 que, aunque no es material inédito, sí se ha manejado muy escasamente, salvo excepciones. Está digitalizado y es de muy fácil acceso a través del Archivo Pares del Ministerio de Cultura. De hecho, dejo un índice documental al final del libro para que el lector pueda consultar el portal o la calle que le interese.

 

–La Historia parece que se conoce mejor en estos documentos de gente corriente. ¿Qué sociedad española se ha encontrado?

 

–Decía Miguel Delibes que a los españoles la guerra les cayó como una emboscada. Lo que trasladan esos documentos es, ante todo, la lucha por la supervivencia. Si de madrugada no te sacaba de casa y asesinaba una gavilla de milicianos frentepopulistas, a la mañana siguiente podía matarte un cañonazo de la artillería franquista. Es lo que estuvo a punto de pasarle al futuro arzobispo Casimiro Morcillo.

 

–¿Era real el enfrentamiento ideológico entre esa gente corriente?

 

–Es incuestionable que existía el enfrentamiento ideológico, pero en la contienda hubo mucha gente que supo anteponer el principio de humanidad a cualquier otra consideración. El ejemplo mayúsculo es el del anarquista Melchor Rodríguez.

 

–Usted ha narrado cómo la guerra se libró en las escaleras de vecinos, entre personas cercanas, de un modo más concreto. ¿Qué acontecimiento le ha llamado más la atención?

–En general, el acuerdo entre vecinos, porteros o comerciantes de la finca para intentar, por encima de todas las cosas, que la Guerra Civil no invadiera ni perturbara la convivencia en ese espacio comunitario. Los afectos, la cotidianeidad, la proximidad, el haber compartido el curso de la vida en una misma escalera, un mismo portal, fueron en muchos inmuebles de vecinos un eficaz blindaje contra los estragos de la guerra. Muchos porteros pagaron con su vida la defensa de sus vecinos. Contra el tópico de que eran una horda de delatores al servicio de las milicias, los frentepopulistas asesinaron durante la guerra a más porteros que los que fusiló Franco después de la guerra.

 

–La guerra y el miedo saca lo peor, o lo mejor, de nosotros. ¿Cuánta maldad ha encontrado entre familias y amigos?

 

–Hay muchas historias escalofriantes. Por citar un caso, reportado ya por Arturo Barea en La forja de un rebelde, pero que he confirmado en estos testimonios: el de los que denunciaban a las personas a las que debían dinero para no tener que pagar sus deudas.

 

–¿Y bondad? ¿Hay gestos de misericordia entre vecinos de distinto bando?

 

–El de José Arias, un periodista de Claridad, órgano de UGT, que tenía escondido en su casa al novio falangista de una sobrina. En la misma casa había acogido a otros dos sobrinos, hijos de una hermana suya viuda. Todos se confabularon para proteger al chico falangista pese a su compromiso con la causa republicana. Compromiso del que es prueba que el más joven de los sobrinos, de 18 años, muriera luchando como voluntario contra los sublevados en la sierra.

 

–¿Qué puede decirnos de la persecución religiosa y de la responsabilidad del pueblo en este sentido?

–Sobre la persecución religiosa se ha escrito mucho, y es bien conocido el nivel de encarnizamiento de los verdugos con los mártires. Pero quizá haya que profundizar también en la solidaridad y la piedad de muchas personas que salvaron a sacerdotes y religiosos. Me he encontrado historias insólitas de vecinos enfrentándose en Madrid a las milicias por querer llevarse detenidos a unos sacerdotes.

 

–¿Qué sucedió con las redadas de militares retirados? ¿Se sabía?

 

–Me resultó chocante que en numerosas declaraciones se informara de la detención en las casas de militares retirados y que estas coincidieran mayoritariamente en los días en que se ejecutaron: el 14, 15 y 16 de octubre de 1936. Al final confirmé que había sido una operación organizada y ejecutada por el Ministerio de Gobernación para peinar Madrid casa por casa, calle por calle, barrio por barrio, en busca de supuestos «quintacolumnistas», lo que no fue entonces, sino una excusa para acentuar la «limpieza» ideológica de retaguardia.

 

–A su juicio y con el libro ya publicado, ¿qué le queda a usted en la memoria de aquellos días?

 

–Me queda el ejemplo de humanidad de quienes antepusieron las personas a la ideología, aun con riesgo de sus vidas. Esa es una lección imborrable que también debe guiarnos hoy; sobre todo a los que nos dedicamos a la política.