Elogio de la moderación

Soy moderado. Ni tengo el monopolio de la razón, ni creo que los que no piensan como yo son imbéciles, ni me atrevo a dar lecciones de patriotismo

Pedro García Cuartango.- ABC

Ya observaba Edmund Burke que muchos creen que la moderación es una traición. Esta idea se ha generalizado a la derecha y la izquierda del espectro político. Cada vez hay más gente en este país que niega no sólo la legitimidad al que no piensa lo mismo, sino que además tacha de cobardes y equidistantes a quienes no aceptan que el mundo se divida entre buenos y malos.

Esto no es nuevo en España, donde las diferencias se han resuelto a garrotazos en los dos últimos siglos, siendo la nación europea con mayor número de guerras civiles. Algunos parecen empeñados en reafirmarse en una dinámica cainita que polariza a la sociedad y dinamita la convivencia. Soy de los que cree que Sánchez está cometiendo gravísimos errores y que ha agudizado el frentismo con el ánimo de obtener rédito electoral. Pero parto de la idea de que son las urnas las que le han llevado al poder y reconozco que este Gobierno ha tomado medidas sociales en defensa de los más desfavorecidos. En sentido contrario, el PP es un partido que se ha equivocado al no renovar el Poder Judicial y al atribuir a Sánchez un plan premeditado para destruir la democracia. No hay, sin embargo, ninguna duda sobre su compromiso con la defensa de las libertades y el Estado de Bienestar.

Vivimos en una sociedad compleja, llena de matices, donde no existen soluciones milagrosas para resolver los problemas. Y además hay una pluralidad que exige la coexistencia de ciudadanos con ideas opuestas. Esa convivencia sólo puede articularse dentro del respeto a la ley. Es legítimo y comprensible estar en contra del aborto, pero ello no permite a nadie vulnerar las leyes que conceden a las mujeres ese derecho. Las democracias parlamentarias tienen muchas insuficiencias, pero son un sistema para resolver las diferencias mediante el voto. Pretender imponer a los demás las ideas propias y arrogarse la posesión de la verdad es algo que ya sufrimos en el franquismo.

Sí, soy moderado. Ni tengo el monopolio de la razón, ni creo que los que no piensan como yo son imbéciles, ni me atrevo a dar lecciones de patriotismo. Y además estoy en contra de cualquier tipo de censura y considero que no existen delitos de opinión, incluyendo a los que reivindican a Franco pese a que todas las dictaduras me resultan odiosas. He escuchado que quienes defendemos la moderación somos cobardes, que carecemos de principios o incluso que nos situamos en un plano de superioridad moral. No es verdad. La tolerancia no es debilidad. La duda no es una afrenta. El diálogo no es una claudicación.

Me parece muy bien que los demás posean firmes convicciones. Yo también las tengo, pero rectifico cuando me equivoco. Como decía Voltaire, la tolerancia no ha provocado nunca las guerras, mientras que la intolerancia ha cubierto la tierra de sangre.