IDEAS

«Ya no hay utopías, solo distopías»

Enzo Traverso, el marxista melancólico que sabe por qué muere la izquierda.

Daniel Arjona.-La Lectura 

Enzo Traverso publica ‘Revolución: una historia intelectual’ (Akal), un ensayo fascinante sobre la memoria y el fracaso de las tentativas de tomar el cielo por asalto.

El próximo gobierno de España podría ser el primero de coalición con la extrema derecha, la izquierda se devora entre sí y amenaza cierre por derribo, los jóvenes se rebelan contra el sistema votando a VOX, los partidos socialdemócratas se apagan por toda Europa, y la única revolución en marcha desfila al son de la nueva derecha populista. Recuerda Enzo Traverso -historiador italiano y profesor en la Cornell University- que, cuando se encontró por primera vez en el Louvre frente a La balsa de la Medusa (1819), de Gericault, le impactó hallarse ante la más potente alegoría del hundimiento de la izquierda que observamos hoy por todo Occidente. El lienzo mostraba a los despojos de la sociedad a la deriva en una balsa golpeada por la tormenta, entre cadáveres a medio devorar. De pronto, la silueta de una vela brillaba en el horizonte. ¿Los verían? ¿O se hundirían para siempre?

Fue entonces cuando la idea de rescatar del naufragio la memoria de la izquierda derrotada se convirtió en un proyecto vital que el historiador italiano viene desarrollando en una obra fascinante, cuyo último libro, Revolución: una historia intelectual (Akal), acaba de presentar en nuestro país. Traverso, un marxista melancólico consciente de la absoluta derrota de una izquierda que ya no sueña con tomar el cielo por asalto, trata de comprender cómo fue posible que, una vez, apuesta semejante estuviera a punto de convertirse en realidad.

«Vivimos en una coyuntura histórica postutópica, no hay utopías hoy, solo distopías. El horizonte utópico que dominó los siglos XIX y XX desapareció, vivimos en un mundo sin proyección». Traverso bucea en sus libros entre los restos de la izquierda a la caza de toda clase de materiales, manifiestos, películas, cuadros, canciones, lámparas, en definitiva, que iluminen el pasado, sin idealismo pero también sin menosprecio. «La historia de la revolución hoy es arqueología, pero también puede ser prefiguración. La Comuna de París data del XIX y la estudiamos como un objeto arqueológico. Pero, al mismo tiempo, la comuna también interpela a los jóvenes de hoy como la búsqueda de una transformación colectiva por unas clases populares plurales que se parecen mucho a las de hoy, pulverizadas por la precariedad».

Unos minutos antes de nuestra cita en el Museo Reina Sofía de Madrid, los móviles vibran sacudidos por una alerta informativa: Berlusconi acaba de morir. Traverso no se muestra especialmente conmovido cuando le damos la primicia pero, aunque no es precisamente fan del berlusconismo, reconoce que marcó la historia de Italia y lo exime de responsabilidad en la salvaje desaparición de la izquierda en su país.

«La liquidación de la izquierda italiana fue una autoliquidación. El Partido Comunista italiano, el más grande de Occidente, se suicidó al intentar renovarse en una época de posguerra fría, dejando un vacío gigantesco, un auténtico abismo para la izquierda que nadie fue capaz de llenar. Hasta el punto que, en Italia, no pudo darse nada parecido a lo que ocurrió en España con Podemos. Tal fue la tragedia de la izquierda italiana».

Es hora de recapitular. Pero, ¿con qué fin? La memoria es un artefacto tan reparador como peligroso, como demostraron los últimos años, mientras las estatuas de conquistadores y esclavistas eran derribadas por medio mundo o la disputa eterna sobre el Valle de los Caídos polarizaba España. Por un lado, corremos el riesgo de fundar una nueva y estéril religión civil cuyo caso paradigmático sería la memoria del Holocausto, modelo de todas las memorias de los derechos humanos, desde Chile a la búsqueda de las fosas comunes de la Guerra Civil en España. Por otro, cabe preguntarse, ¿la memoria hace sociedades mejores o las envenena de resentimiento? ¿No sería mejor forzarnos a olvidar tras la Stasi y las guerras civiles, como recuerda Traverso que hicieron los demócratas atenienses?

«El olvido no es lo contrario de la memoria, sino una dimensión suya, parte de su proceso de construcción», responde el escritor. «Cada sociedad selecciona los acontecimientos del pasado que merecen ser recordados y aquellos que es mejor olvidar. En España, por ejemplo, durante la Transición, se impuso un pacto de olvido y fue una decisión política que tuvo también sus virtudes. Como en Atenas. El olvido es una manera, en ciertas coyunturas críticas, de evitar una guerra civil. Pero no puede ser permanente, sino una etapa en el proceso de construcción de la memoria. El pasado, ineluctablemente, siempre reaparece y hay que enfrentarlo de manera responsable y honesta».

Traverso militó muy joven en los movimientos de la Autonomía italiana de los 70, aquellos años de plomo en los que la revolución parecía a las puertas antes de ser anegada por el terrorismo y la represión. «En mi juventud, en los 70, en Italia sólo había una memoria, la del antifascismo, una especie de religión civil. Creíamos que habíamos arreglado las cuentas con el pasado. Pero fue una ilusión. Más tarde descubrimos que había otra memoria, la del fascismo, que había permanecido oculta, reprimida, una memoria que nunca fue metabolizada. Hoy tenemos una jefa del Gobierno heredera del fascismo. No lo digo yo, es Meloni la que reivindica, con orgullo, su identidad fascista».

Y, sin embargo, el autor de Melancolía de izquierda (Galaxia Gutenberg), recalca en cuanto tiene oportunidad que las nuevas derechas populistas globales, de EE.UU a Europa, pasando por América Latina, no reivindican una continuidad histórica con el fascismo clásico. Por ejemplo: Ignazio La Russa, presidente del Senado italiano, posee una colección de bustos de Mussolini, pero no quiere destruir la democracia. Son movimientos autoritarios, nacionalistas, xenófobos, pero con miradas diferentes al fascismo clásico que fue, por ejemplo, radicalmente antisemita, algo que no ocurre con las nuevas derechas radicales que mantienen buenas relaciones con Israel. Aunque síntomas inquietantes se han dado, reconoce Traverso, como los asaltos a los parlamentos en Estados Unidos y Brasil.

Un día, leyendo a Carl Schmitt, ese pensador fascista que siempre ha hechizado a la izquierda, Traverso se topó con el katechon, un concepto irresistible que el filósofo alemán a su vez tomó de la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses. El katechon sería una especie de fuerza restrictiva, un escudo de la civilización que demoraría el advenimiento del Anticristo: los emperadores cristianos como barrera medieval al empuje del Islam, por ejemplo, o el nazismo como salvaguarda de Occidente frente al bolchevismo. Nunca el campo de batalla fue más evidente que el que enfrentó al fascismo y al comunismo, nunca la lucha entre enemigos irreconciliables fue tan crucial. Sólo podía quedar uno.

Hoy que la Revolución es una fotografía borrosa, un espejo roto del pasado, su contraparte vive también un dilema: se ha quedado sin enemigos. Señala Traverso que «el problema es que, cuando Smith escribe sobre el katechon, el Anticristo había sido definido, ¡era la revolución! Pero hoy las nuevas derechas no cuentan con un Anticristo claro, más allá de oponerse a la inmigración o el globalismo, no existe el comunismo como gran amenaza. Y eso es un problema. Trump o Meloni ganaron las elecciones por su retórica antiestablishment y antiglobalización neoliberal. ¿Pero qué hace Meloni cuando se convierte en jefa del Gobierno? Lo mismo que los neoliberales contra los que teóricamente se rebeló. ¿Quién es el Anticristo hoy?»

¿Y qué le parecen a Traverso las tentativas rojipardas de última hora -que en Italia encarnaría Diego Fusaro y en España se identifica con la escritora Ana Iris Simón-, que aspiran a fusionar la nación y la tradición con una lucha de clases que la izquierda ecologista y cool habría olvidado?

«Siempre existieron intelectuales que pretendían combinar, diría que sin éxito, motivos de la extrema izquierda y la extrema derecha, como hacen Fusaro o Alain de Benoist, una corriente de la derecha radical que se define gramsciana. Utilizan a Gramsci como yo puedo hacerlo con Smichtt. Esto no significa que sea smichttiano, pero no se pueda manejar hoy la teoría política contemporánea sin él. Tampoco se puede entender la filosofía del siglo XX sin Heidegger. De la misma forma, autores de derecha pueden hacer uso de pensadores de izquierdas sin por eso convertirse en izquierdistas. Los rojipardos son bastante más pardos que rojos».