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El embrollo electoral

Artículo de Alfonso Guerra.

Alfonso Guerra.- The Objective

«La atmósfera política juega a la contra de los socialistas, pues existe una desconfianza no del PSOE, pero sí de su secretario general como jefe del Gobierno»

Los resultados del proceso electoral del 28 de mayo arrojan una luz clara sobre las circunstancias políticas del momento. El PSOE ha sufrido una derrota grave, no en cuanto al número de votos obtenidos, pero sí a la pérdida de poder institucional. Y lo que es más importante para el futuro: el partido conservador, el PP, ha logrado penetrar en pueblos y ciudades que hasta ahora les eran ajenos. Es el caso lacerante de los pueblos de Andalucía, con el consiguiente cambio en las diputaciones provinciales, órganos claves para la pretendida «normalización» de la derecha en esos pueblos.

Si para algunos los resultados han sido una sorpresa, la reacción del presidente del Gobierno ha resultado inesperada para casi todos. Sólo era posible preverla si se tiene claro que todos los movimientos del presidente están originados en clave interna de partido, pues sabe que si pierde el poder en el partido, lo pierde todo. Como persona hábil y de reacciones rápidas comprendió que tras la derrota de muchos candidatos socialistas con buena gestión, todas las miradas se dirigirían a quien había convertido la campaña electoral en una prueba sobre su capacidad de solventar los problemas que había generado su política de alianzas. El presidente se percató de que solo había una forma de trocar las lanzas en aplausos: convocar elecciones; lo que obligaría a los militantes y dirigentes descontentos a simular su apoyo al secretario general, cuya estrategia de campaña acaba de ser derrotada. Si se organizan comicios, mítines, reuniones en medio de una campaña electoral, cualquier crítica a la reciente gestión pasada, de sólo unos días atrás, podrá ser calificada de deslealtad al partido por parte de los acólitos del secretario general.

La lógica previsión de un Comité Federal exigente de la responsabilidad de la derrota se transforma en una ficción en la que el conductor de la estrategia derrotada salga bajo palio de la reunión. Habilidad y argucia no se le puede negar.

Los alcaldes, consejeros y presidentes de comunidades autónomas que han sido desalojados pueden fácilmente rastrear cuando se estropeó todo. El día en que Pedro Sanchez se unió en un abrazo con Pablo Iglesias Turrión se firmaba el acta de defunción política de miles de responsables políticos socialistas.

Abandonar el socialismo liberal que había impregnado la acción del PSOE durante 140 años para substituirlo por una alianza de radicales, populistas, independentistas y herederos del terror significaba un cambio brutal en la tradición y el pensamiento del PSOE.

La diferencia en el número de votos entre el PSOE y el PP no es tan grande como para que una buena campaña no pudiera revertirla, pero la atmósfera política juega a la contra de los socialistas, pues existe una desconfianza no del PSOE, pero sí de su secretario general como presidente del Gobierno. Hay ocasiones en las que la opinión pública adopta un criterio mayoritario sobre los personajes políticos que en algunos casos resulta misterioso por qué apoyan tantos a tal o cual, o por qué sienten una clara antipatía por aquel otro. No es el caso del rechazo que existe hacia Sánchez, su política de alianzas, su disparatado e injusto plan de privilegiar al independentismo hasta el paroxismo de hacer desaparecer delitos del Código Penal para beneficiar a los que habían puesto al borde del precipicio a la democracia, le ha hecho objetivo claro de desconfianza y descontento.

Aun con todo, una buena campaña podría hacer cambiar las previsiones. Claro que esa campaña tendría que implicar un cierto grado de rectificación de la estrategia que ha llevado a la derrota de los socialistas. Pero no, lo que se anuncia es la persistencia en el error, es agrupar otra vez a los socios fracasados para «detener a un nuevo gobierno de ultraderecha».

En la vida política cabe toda crítica por aguda y grave que esta sea, pero ha de basarse en no negar la legitimidad del contrario. Si la estrategia es calificar de fuera del sistema a todo el que no está conmigo, pero se «normaliza» a los que se declaran dispuestos a destruir el sistema, es fácil entender que crecerá la polarización descalificadora de los unos y los otros.

La propia reacción del secretario general en funciones de presidente del Gobierno disolviendo la Cámara y convocando elecciones sin siquiera haber felicitado al ganador de las celebradas hace pensar en que la campaña será poco útil para los intereses de los socialistas. Tal vez haya llegado el momento de que los socialistas se interroguen sobre si no será el problema el candidato.

La aberrante noticia de que se retrasará la elección del nuevo secretario general de la OTAN hasta después del 23 de julio, día de las elecciones en España, apunta a que todas las decisiones se toman en clave personal