IDEAS

Dios, patria, familia

Separado del ideal de humanidad, es decir, del deber de trabajar también por la libertad y la dignidad de todas las naciones y de todos los pueblos, el amor a la patria ya no es patriotismo.

Maurizio Viroli.-ABC

«Separado del ideal de humanidad, es decir, del deber de trabajar también por la libertad y la dignidad de todas las naciones y de todos los pueblos, el amor a la patria ya no es patriotismo. Es nacionalismo; no una pasión generosa sino una pasión mezquina y estrecha de miras»

 

En Italia, la primera ministra, Giorgia Meloni, proclama a menudo que el principio rector de su acción política es «Dios, patria, familia». Hace unos años, el 31 de marzo de 2019, en un debate con el periodista estadounidense Alan Friedman, afirmó que el lema es «de Mazzini». Pero el lema que se puede extraer de los escritos de Mazzini es «Dios, Humanidad, Patria, Familia». Para Mazzini, la actuación del hombre debe ajustarse al plan de Dios, que sólo se revela a través de la humanidad. De Dios descienden también las patrias, cada una con sus propias prerrogativas y, por tanto, con sus propios deberes concretos hacia la humanidad. Las patrias deben trabajar juntas, según los talentos que Dios ha concedido a cada una de ellas, para alcanzar el bien de la humanidad («Lo que es contrario al Progreso, la Libertad, la Igualdad y la Solidaridad humana está mal, y lo que favorece su desarrollo está bien»). La familia es el lugar del amor más profundo, donde, generación tras generación, padres cariñosos que se respetan sin prevalecer el uno sobre el otro, y reconociendo a la mujer un papel particular en la asamblea humana, enseñan a sus hijos con el ejemplo y la palabra a amarse unos a otros, a trabajar para que la patria contribuya al progreso de la humanidad: «Sois Hermanos» llamados a cumplir en la «Misión italiana, la parte que Dios encomendó, para el bien de la Humanidad, a nuestra Nación», escribe en 1859 a los jóvenes de Italia.

Para Mazzini, las obligaciones morales hacia la humanidad preceden a las obligaciones hacia la patria. Antes que ciudadanos de una patria determinada, sea esta Italia o España, somos seres humanos. No se pueden invocar barreras nacionales para justificar la sordera moral. Las voces de los pueblos que sufren se pueden escuchar en todas partes. Por grandes que sean las diferencias culturales, el amor a la libertad hace posible la traducción. «Ese pueblo que admiráis en la victoria y en la caída», escribe, «es un pueblo extraño para vosotros, tal vez casi desconocido: habla un idioma diferente, y su forma de existencia no influye visiblemente en la vuestra: ¿qué os importa si quien lo domina es el sultán o el rey de Baviera, el ruso o un gobierno surgido del consenso de la nación? Pero en vuestro corazón hay una voz que grita: ‘Esos hombres […] son vuestros hermanos: hermanos no solo por comunión de origen y de naturaleza, sino por comunión de trabajo y de propósito’».

 

Podemos comprender sólo en parte el sufrimiento de pueblos diferentes y lejanos. Pero la pasión interviene para compensar las debilidades de la razón. El mismo amor que sustenta el compromiso para defender la libertad de nuestro pueblo debe sustentar el compromiso de defender la dignidad humana allí donde sea ofendida. Mazzini sigue siendo el mejor guía: «Si no abrazarais con vuestro amor a toda la familia humana, si no confesarais la fe en su unidad, consecuencia de la unidad de Dios, y en la fraternidad de los pueblos que deben hacerla realidad, si allí donde gime vuestro semejante, dondequiera que la dignidad de la naturaleza humana es violada por la mentira o la tiranía, si no estuvierais dispuestos, pudiendo, a ayudar a ese desgraciado o no os sintierais llamados, pudiendo, a luchar para levantar a los engañados o a los oprimidos, traicionaríais vuestra ley de vida y no comprenderíais la religión que bendecirá el futuro».

Separado del ideal de humanidad, es decir, del deber de trabajar también por la libertad y la dignidad de todas las naciones y de todos los pueblos, el amor a la patria ya no es patriotismo. Es nacionalismo; no una pasión generosa que fomenta la solidaridad, sino una pasión mezquina y estrecha de miras que justifica el desprecio o la desconfianza hacia culturas diferentes a la nuestra.

Quien mejor comprendió el contraste radical entre patriotismo y nacionalismo fue Benedetto Croce. En su ‘Storia di Europa nel secolo XIX’, publicada por Laterza a principios de 1932, afirma que el patriotismo que animó los movimientos liberales, democráticos y nacionales del siglo XIX era una «religión de la libertad». Una religión, explica, que recogió y armonizó la larga historia de la libertad y que demostró su fuerza a través del ejemplo de sus «poetas, teóricos, oradores, publicistas, propagandistas, apóstoles y mártires». Supo penetrar en los corazones y moverlos hacia la acción y el sacrificio: «La figura heroica, que hablaba a los corazones, era la del poeta-militante, la del intelectual que sabe luchar y morir por su idea; una figura que no se quedó en los arrebatos de la imaginación y en los paradigmas educativos, sino que apareció en carne y hueso en los campos de batalla y en las barricadas de toda Europa».

La fe en la libertad como principio eterno permite a Croce formular su extraordinaria profecía de la unidad europea, entendida como resultado no de la extinción del amor a la patria, sino de su desarrollo: «Mientras tanto, ya en cada parte de Europa, asistimos a la germinación de una nueva conciencia, de una nueva nacionalidad (porque, como ya hemos señalado, las naciones no son datos naturales, sino estados de conciencia y formaciones históricas); y así como, hace setenta años, un napolitano del viejo Reino o un piamontés del reino subalpino se hicieron italianos, no negando su ser anterior, sino elevándolo y resolviéndolo en ese nuevo ser, así los franceses y los alemanes y los italianos y todos los demás se harán europeos y sus pensamientos se dirigirán hacia Europa y sus corazones latirán por ella como antes por las patrias menores, no ya olvidadas, sino mejor amadas».

El ideal de amor a la patria que Croce extrajo del Risorgimento le permitió definir con gran claridad, en 1943, el contraste ideal entre patriotismo y nacionalismo. El amor a la patria, escribía, «no fue tanto pervertido como suplantado por el llamado nacionalismo, que acusaba a sus adversarios, no de ser ‘antipatrióticos’, sino, como él decía, antinacionales; y sin embargo subsistió una cierta confusión entre los dos conceptos diferentes y los dos sentimientos diferentes, de modo que la revulsión cada vez mayor contra el nacionalismo fue acompañada de una especie de vacilación y reticencia a hablar de ‘patria’ y de ‘amor a la patria’. Pero es necesario volver a hablar de ello, y el amor a la patria debe volver a honrarse precisamente contra el nacionalismo cínico y vacuo, porque no es afín al nacionalismo, sino su opuesto». Croce era un liberal conservador, pero su lección política y moral coincide con la del demócrata radical Mazzini: la libertad necesita verdadero patriotismo, no nacionalismo.

 

MAURIZIO VIROLI

es ensayista y profesor emérito de Teoría Política en la Universidad de Princeton.