MEMORIA

Dionisio Ridruejo

El amigo, el camarada.

Francisco Matamala.-La Razón de Proa

 

Para muchos falangistas, Dionisio Ridruejo era el heredero, política e intelectualmente, de José Antonio Primo de Rivera.

 

Para Ramón Serrano Suñer, López. Aranguren, Mercedes Formica, Narciso Perales Herrero, Patricio González de Canales, Luís de Caralt, Agustín de Foxá, Gonzalo Torrente Ballester, Antonio Tovar, Adolfo Muñoz Alonso, Luís Rosales o Pedro Lain Entralgo (emotiva su referencia en el prólogo de su libro La generación del 98), Dionisio Ridruejo era el heredero, política e intelectualmente, de José Antonio Primo de Rivera. Sin embargo, su evolución reflejada en su libro Escrito en España y en el libro colectivo Dionisio Ridruejo. De la Falange a la oposición, lo llevaría a la fundación en 1974 de la Unión Social Demócrata Española.

Gran admirador de Dionisio era también Jaime Suárez, fundador de Plataforma 2003. La última vez que lo vi, con motivo de una cena de Navidad, me comentó que estaba pensando escribir un libro sobre él. El proyecto lo frustró, desgraciadamente, su muerte.

Recuerdo cuando lo visité, ya enfermo de muerte, en su casa, de la calle Ibiza die Madrid. Yo iba acompañado por su amigo y a la vez médico, Narciso Perales Herrero. Acababa de leer su libro Escrito en España, que me había hecho recapacitar mucho. Yo había formado parte de la junta directiva del Círculo doctrinal José Antonio de Barcelona que había editado una edición facsímil de la Conquista del Estado de Ramiro Ledesma Ramos, con prólogo de Joaquín Encuentra Morer. Le llevé un ejemplar que tenía en casa.

Dionisio dijo:

José Antonio y Ledesma eran dos personalidades muy opuestas, tanto por su procedencia social como por su manera de ser. Yo no tuve trato con Ledesma y el conocimiento viene dado por la lectura de sus libros ‘¿Fascismo en España? Discurso a las juventudes de España’ y su novela ‘El sello de la muerte’. También he leído por encima sus publicaciones ‘La conquista del Estado’, ‘Patria libre’ y ‘Nuestra Revolución’. Y lo que sobre su pensamiento político escribieron Emiliano Aguado y Tomás Borrás. He de decir que no me extrañó su distanciamiento.

Yo señalé que Ramiro, tras su salida de la Falange, estuvo en Barcelona con objeto de lanzar una nueva formación política poniéndose en contacto con algunos conocidos, pero que la operación, financiada por Lequerica y Areilza, no tuvo éxito. El conde de Motrico, en su libro A lo largo del siglo señala la estrecha relación que tenía con él.

Dije que desde mi punto de vista, y por lo estudiado,  la ruptura con José Antonio fue definitiva y ambos no dudaron en afirmar que sí.

Y Ridruejo señaló:

Tras la salida de la Falange de Ramiro, los ataques que se dirigieron mutuamente fueron demoledores.

Su posicionamiento en el verano de 1936 era revelador de ese distanciamiento. Mientras José Antonio estaba detenido y se editaba clandestinamente No Importa, Ramiro editaba en julio Nuestra Revolución y buscaba desesperadamente un ámbito político en el que pueda crecer una ya imposible neutralidad política realizada a favor de la pureza ideológica.

He aquí la confirmación de esa inequívoca postura:

Nuestra revolución no moverá, pues, pleito agudo al Gobierno del Frente Popular. Nos importan, más que esos menesteres, otros que reputamos de más sustancia nacional e interés para los españoles. Las supremas angustias de los españoles no pueden ser sólo explicadas por las incidencias diarias de la política. La sospecha de que el proceso revolucionario en marcha entenebrece sus rutas y quiere ignorar, como uno de sus nortes, el de ser precisamente la revolución nacional que España precisa, es asimismo lo que moviliza hoy nuestras plumas con urgencia. Quisiéramos aclarar el camino de la trasformación española, garantizar su futuro y vencer aquellas orientaciones que encierra en su seno tanto el fracaso de la revolución como el predominio de ideales traidores. Mientras no surja algo que oponga al Frente Popular una mejor eficacia nacional y social, de carácter revolucionario más fecundo y humanitario que la suya, es infantil, contraproducente y torpe hostilizarlo.

Ledesma acentuó su independencia de los movimientos conspirativos de la extrema derecha para liquidar las Segunda República por métodos violentos y tomaba, abiertamente, la posición de un espectador bajo cuya mirada paseaban los acontecimientos, presentándolos como algo que poco tenía que ver con lo esencial, con el auténtico dilema ante el que se enfrentaban los patriotas revolucionarios. Hasta su asesinato continuó diseñando un orden corporativo que superara la división de clases. Fiel a su consigna de la muerte del individuo para sintetizar en una frase de honda gravedad el fin de las ilusiones de la privacidad burguesa, Ledesma defiende la entrada en el mundo de actividad cooperativa, de experiencia social, del fin del desarraigo, de disciplina y uniformidad. La producción en serie será contemplada, con agudeza singular por su parte, como una metáfora de la destrucción de los valores de la diferencia que ha querido alimentar la sociedad burguesa y su pensamiento liberal.

Sintiéndose escritor por encima de todo, poco antes de ser asesinado escribió sobre una triste anécdota: la perrita de su compañera sentimental, Juana García, murió por haberse comido una media de la misma, y ello le hizo evocar el Libro de Passer, de Catulo.

Comió las medias que eran de la dueña, / cargadas del olor de mi pasión, / y la pobre perrita enamorada / por el amor al ama se murió.

Lloraba mi niñita mares negros, / y no paraba nadie su temblor, / y del caso la gente se reía, / con risa de inclemente corazón.

Las piernas de cristal hoguera blanca, / con un negro estarcido rompedor / cubrían su belleza pudorosa / que mi amante denuedo reveló.

Y busqué en las mojadas oquedades / los astros oscuros de mi pasión.
Cisne con alas blancas desplegadas / sus remeras de plata desnudó.
Con bocados de dulce paraíso / la perrita su vientre envenenó.
Por las tinieblas del Orco camina / catulana perra de dulce amor.
Maldigo los reveses de esta vida / que arrebatan lindísimo primor.

Tras hablar extensamente sobre Ramito, y referirnos a la grisácea situación política española, se mencionó la violenta detención y muerte de Lorca y Ridruejo señaló:

Siendo yo responsable de Propaganda me visitó Ruiz Alonso. Le recriminé su actitud en la detención de Lorca y lo despedí del cargo oficial que entonces tenía. Literalmente le llamé asesino. No dijo nada y se marchó.

Yo ayudé a Luís Rosales cuando lo detuvieron por defenderlo dijo Perales. Los Rosales hicieron cuanto pudieron para salvar a Lorca. Tras pedir su libertad, cuando vino la orden de hacerlo, ya había sido fusilado. Siempre he pensado que de haber estado en ese momento en Granda no se hubieran atrevido a detenerlo.

Los dos coincidieron que los libros publicados hasta ese momento sobre Lorca, carecían de información y objetividad. Y que lo fácil era achacar lo sucedido a los falangistas. ¿Se sabe actualmente toda la verdad? Pese a los muchos libros publicados, pienso sinceramente que no.

Al despedirnos de Dionisio, Narciso le comentó: Lástima que no quieras encabezar una Falange auténtica. Ridruejo sonrió, pero no dijo nada.

Asistí al homenaje que se le haría, en diciembre de 1975, con motivo de la presentación del segundo volumen de su Castilla la Vieja en la librería El Brocense, de Madrid.

La presentación del libro estuvo a cargo de su amigo Camilo José Cela, y entre los que se sumaron a la felicitación, aparte de numerosos intelectuales, estaban los políticos, que luego tendrían un papel fundamental en la transición, Joaquín Satrústegui, Tierno Galván, Gregorio Péces Barba, Raúl Morodo, Fernando Álvarez de Miranda, Luís Ángel Rojo, Francisco Fernández Ordoñez, Joaquín Ruiz Jiménez, José María Gil Robles, José María Ruiz Gallardón y Josep Pallach.

A los postres de la cena, presintiendo su próxima muerte, Ridruejo diría:

Nuestra voz es una, pero deben sonar otras muchas, todas las que el pueblo español tiene como suyas –digo voces y debo decir también lenguas– para sentirse dueño de sí mismo. Porque aquí, donde hoy estamos juntos, la esperanza que me gana sobre todas no es la de ser un exponente, un dirigente o un indicador, sino, ante todo y sobre todo, el hombre que pueda sentirse completo incorporándose a la corriente emocional de un pueblo en pie que afirma su decencia en la práctica de la libertad –ésta que tomamos ahora porque es nuestra– para la realización de la justicia.

La muerte le sobrevino en 1975. Su corazón ya no resistió más. Tras el funeral celebrado en Madrid, se organizó una misa en su memoria en la iglesia de Santa Ana, cercana a la plaza de Cataluña. Allí tuve oportunidad de ver, que yo recuerde, a los dirigentes del PSUC, Solé Barberá y Gutiérrez Díaz, al corvergente Roca y Junyent, al escritor Francisco Candel y a Joan Reventós, que llegaría a ser el máximo dirigente del PSC.

Ningún falangista asistió que yo recuerde. Ni siquiera su amigo Luys Santamarina. ━Por qué no fuiste, le dije un tiempo después. ━Nadie me avisó.

Por aquella época, la soledad de Luys era penosa. Y yo hacía tiempo que no lo visitaba en su casa de la plaza Medinaceli. Ahora me arrepiento. Era un lector voraz y concienzudo. Me hizo leer de verdad, no en diagonal, El Quijote. Y también a santa Teresa, El criticón de Gracián, Historia de los mozárabes, de Simonet, España como problema, de Lain Entralgo, El sentimiento trágico de la vida y En torno al casticismo, de Unamuno, Castilla, de Azorín, El conde-duque de Olivares, de Marañón, La España invertebrada y La rebelión de las masas de Ortega, La nueva catolicidad, de Giménez Caballero, España, un enigma histórico, de Sánchez Albornoz, Los episodios nacionales de Galdós, Memorias de un hombre de acción de Baroja y la Historia de los heterodoxos de Menéndez y Pelayo. Libros que volví a leer en el enclaustramiento de la pandemia y que me siguen pareciendo de obligada lectura. Si menciono estos libros, es para demostrar la sólida formación de los intelectuales falangistas de entonces.

Para placer literario, muerto Luys, se rescató su obra Tras el águila del César por la Editorial Planeta, que publicada en 1924 fue prohibida tanto por la República como por el franquismo. La prosa de la ¿novela? es violenta, seca, precisa y poética. Pudiéramos decir que es vanguardista. No existe trama, ni hilo argumental, ni protagonistas. Los capítulos, si así pueden llamarse, estallan como fogonazos. Flashes donde los legionarios que rescatan Melilla tras el desastre de Annual prosiguen la guerra a sangre y fuego. La muerte es un mero, banal contratiempo. En un tono violento describe como los legionarios cercenan orejas, narices y cabezas de guerreros musulmanes.

Volviendo a Dionisio, tuvo un reconocimiento mayoritariamente positivo y de ello es prueba fehaciente los elogios recibidos en el libro editado por su amigo Jesús Aguirre y titulado Dionisio Ridruejo. De la Falange a la oposición.

También recibió elogios de Jorge Semprún en un reportaje que sobre su vida realizó Javier Reverte. En él se dice parte de la verdad de su vida, pero no toda la verdad. Y no se explica el motivo real de su cambio político, que fue el fusilamiento del falangista Juan Domínguez, al que se hizo responsable de los sucesos de Begoña de 1942. Como consecuencia de no haber conseguido su indulto, Ridruejo presentó la dimisión de todos sus cargos oficiales. Y Franco, aprovechando la situación, cesó a Serrano Suñer como ministro de Asuntos Exteriores.

Jesús Torbado, en su novela En el día de hoy, que narra los que hipotéticamente hubiera pasado de vencer los republicanos, escribe:

A Prieto le habían afectado mucho la entereza y la honestidad de aquel falangista pequeño, escuálido, de mirada soñadora y gesto pacífico. Le habían conmovido tanto que insinuó la posibilidad de conmutarle la pena de muerte. El emisario del ministro había comunicado desde la cárcel un resumen de su intento:

Es un hombre angélico o excesivamente cínico. Nadie podrá convencerlo. Bueno, bueno, ¿cómo salvarlo, entonces? Se preguntaba Prieto. ¿Y para qué, a fin de cuentas? decía Oliver. Los tribunales lo habían condenado a ser fusilado y el Consejo de Ministros intentaba suplicar al presidente un edicto de gracia. Pero sólo podría emitirse si Dionisio abdicaba en su actitud. Si se arrepentía. ¡Y no quería arrepentirse porque estaba seguro de haber obrado bien!