Contra la moderación

Proponer a los demás la verdad-velada o la no-reacción no es virtud alguna.

Hughes.- ABC

Vivimos otro festival de la moderación. Se defiende estos días como gran virtud política y hasta como ideario, con una insistencia en la moderación forzosa, sea lo que sea este ser moderado, pues con todo respeto y hasta cariño por los que así se reconocen, no se sabe bien en qué consiste.

Primero, porque al elogiarse la moderación parece que se está elogiando un conjunto de virtudes de las que no cabe presumir pues son lo mínimo exigible: prudencia, mesura, comedimiento…

Segundo, porque no sabemos si el moderado es moderado o ha sido moderado. La moderación sería, o bien una forma de suavización personal, o una forma de concierto de las partes, es decir, una forma distinta de referirse al consenso: moderación sería cualidad del ‘consensuado’. Pero ¿es la realidad política actual la del consenso? Al contrario, estamos en lo opuesto, en el fin unilateral del clima del 78 y la Transición.

La moderación, por tanto, o es una suavización (hacerse ‘suaviter’), poner en sordina el propio mensaje, o es la cualidad del que ha sido moderado, moderado por alguien, pero ¿por quién? Ser un moderado, en la España actual, es haber sido ahormado, moldeado, sometido a concierto, a composición… (¡El Estado Compuesto! ¡El Estado por composición! Por ahí se llega a la conformidad con la federalización progresiva, ¡el Estado Compuesto sería Estado Moderado!)

La política tiene una parte de análisis, pero cuando acudimos al médico no pedimos moderación, pedimos un diagnóstico que vaya al fondo del asunto con los instrumentos ópticos más precisos y penetrantes. Queremos ir al origen de los problemas, no juicios templados, sino la verdad de las cosas, y la moderación en boga empieza a ser una forma de velarla. Es una prestigiada forma de huir de la verdad. El moderado huye y, lo peor, hace que huyan los demás. ¿Y qué hay detrás de esa actitud? Queremos pensar que solo error, un error bienintencionado que podría tener origen en el miedo. El miedo, factor de la Transición 78, volvería a serlo en el inicio de la Segunda.

La moderación debería perder parte de su prestigio y ganarlo la radicalidad, el ir a la raíz, a los fundamentos… Porque si la moderación es pobre forma de diagnóstico, aun es peor como tratamiento. Cabe preguntarse: ¿hay en España hoy un proyecto para acabar con el consenso del 78, debilitar la nación e imponer una agenda ideológica hostil al humanismo cristiano (véase la reciente tercera de Mayor Oreja)? Si llegamos a la conclusión de que sí, ¿qué oponer a eso? La inercia de ese proceso es tan fuerte que solo un movimiento en contra de fuerza semejante podría frenarlo. La respuesta moderada, por tanto, no sería respuesta, sino derrota, y la derrota o la transigencia son opciones perfectamente respetables, pero en lo personal. Es dudoso que tengamos derecho a moderarnos con lo que no es nuestro. Proponer a los demás la verdad-velada o la no-reacción no es virtud alguna.