La Derecha Verde

Como ser un conservacionista conservador.

Reproducimos la introducción del filósofo Miguel Ángel Quintana Paz, al libro de Roger Scruton «Filosofía Verde» publicado en España por la  editorial Homo Legens. La creación del primer `think thank´ecologista de derechas en España, OIKOS, trae a nuestro país de nuevo el conservacionismo conservador.

Miguel Ángel Quintana Paz.

Solía contar sir Roger Scruton una anécdota1 que no resultará exótica a cualquier conservador que haya vivido en ambientes académicos. Con 27 años de edad, y tras haber logrado su primer puesto fijo en el Birkbeck College de Londres, pronto notó que solo había otra persona que compartiera sus inclinaciones conservadoras en el seno de aquella magna institución: la señora napolitana que servía las comidas en el salón de profesores, y que había tapizado con fotos kitsch del papa Pablo VI su mostrador ante el consiguiente pasmo del resto de docentes. Esta soledad del intelectual conservador posee, con todo, una cara positiva que Scruton bien sabría aprovechar durante el resto de su vida: le permitió conocer al dedillo el agreste panorama al cual habría de enfrentarse.

De hecho, seguramente aquí resida uno de los principales motivos para sus éxitos como pensador: su agilidad para desenvolverse como pez en el agua ante las corrientes ideológicas que combatía. En el caso del ecologismo, cuya principal aportación presentamos en este libro, esas corrientes opuestas son de tres tipos. Tres tipos que van desde la propia reticencia conservadora ante los asuntos medioambientales, pasando por las soluciones estrictamente liberales o de mercado, hasta llegar a la panoplia de visiones ecológicas que proliferan en la izquierda. Merece la pena que echemos una ojeada a cada una de estas tendencias, a contracorriente de las cuales caminará en este volumen Scruton, pues ello nos permitirá valorar mejor el mérito de estas páginas en que usted, lector, se dispone a adentrarse. El primer escollo al que ha de hacer frente nuestro pensador surge, como hemos apuntado, de las propias filas conservadoras. En ellas cunde a menudo cierta difidencia, cuando no abierta hostilidad, ante el ecologismo, al cual se considera asunto perteneciente en exclusiva de la izquierda (algo que, curiosamente, esta también suele defender entusiasta, dados los suculentos réditos que espera obtener de tal monopolio). Las facetas de esta reticencia conservadora son múltiples.

Ante todo, existe un razonable cansancio provocado por las continuas predicciones catastrofistas provenientes del ecologismo (y aireadas por unos medios de comunicación siempre proclives a lo sensacionalista), predicciones que a menudo han quedado bien lejos de cumplirse. Baste recordar, a título de ejemplo, que hasta los años 70 buena parte de esos anuncios apocalípticos proclamaban un inminente enfriamiento global que hoy, como es sabido, se ha revertido a exactamente el pronóstico contrario. Si a ello le unimos el tono admonitorio, de regañina constante, que acompaña a menudo las cuitas ambientales; o que los portavoces de tales reprimendas, ya sea en su versión juvenil, como Greta Thunberg, ya sea en su versión sénior, como los comités de expertos, pueden resultar con no escasa frecuencia un tanto autoritarios, no son de extrañar las reservas conservadoras ante parejos excesos. Baste recordar el tipo de discurso que emplea la citada adolescente sueca para entender que no cuaje entre conservadores poco cómodos con similar tono: ¿Cómo os atrevéis?… No quiero que conservéis las esperanzas, quiero llenaros de pánico; que sintáis el miedo que yo sufro todos los días… Por favor, guardaos para vosotros vuestros elogios: no los queremos… Me habéis robado mis sueños y mis esperanzas con vuestras vacuidades… Si realmente entendéis la situación y no actuáis, es que sois malvados… No os perdonaremos… La gente se está muriendo, ecosistemas enteros están colapsando.

Scruton comprendía perfectamente que otros conservadores sintieran antipatía ante tal ecologismo hegemónico de nuestros días; de hecho, se refiere a él en esta obra como “ecologismo del miedo”. Y le acusa de parecer más empeñado en asustarnos que en reclutarnos. Además, por si no fuera suficiente con los estentóreos altavoces que le prestan los gobiernos y organizaciones internacionales, estamos ante una propaganda en que cada vez colaboran de modo más esforzado las grandes multinacionales, como parte de lo que hemos denominado “capitalismo moralista” . Se diría que estamos atrapados en medio de tantos promotores del pánico. ¿Qué tiene Scruton que oponer contra estas fuerzas y ante la razonable suspicacia que suscitan en espacios conservadores? Para él, todo este “ecologismo del miedo” recurre a tan desagradable emoción como recurso desesperado por un simple motivo: que carece de una alternativa mucho más razonable.

Una alternativa que la alterada joven Greta ni siquiera contempla, pues va justo en dirección opuesta a sus consentidas regañinas: la alternativa de sentir, en vez de rabia, agradecimiento ante las generaciones que nos precedieron. Agradecimiento por la naturaleza y los paisajes que nos han legado; agradecimiento del que brota el deber de conservarlos nosotros también y poder legárselos igualmente a nuestros descendientes. Este sentimiento de vínculo con las generaciones pasadas y futuras, que en algún momento nosotros hemos conectado con la virtud de la pietas romana, no solo resulta más edificante que la cólera o el atemorizamiento gretenses, sino que puede, a juicio de Scruton, lograr más eficazmente que la gente se comprometa de veras con lo ambiental. Y en este libro que el lector tiene entre manos es donde explica detalladamente por qué. Ahora bien, el gran magma ideológico rival de un ecologismo de cuño conservador se halla en la izquierda, segunda corriente con la que Scruton ha de confrontarse en este texto; y corriente especialmente potente por cuanto en las últimas décadas parece haber copado toda reivindicación en pro de lo medioambiental. No siempre fue así: como bien aducirá Scruton, y repite a menudo entre nosotros Gregorio Luri, la similitud entre las palabras “conservador” y “conservacionista” no debería reputarse como una mera casualidad. Muchos de los pioneros de la preocupación contemporánea por la ecología pertenecieron a corrientes ideológicas ajenas al izquierdismo.

 

De hecho, aunque Scruton apenas atienda al mundo hispánico en este libro, cabe señalar entre nosotros, a modo de ejemplo palmario, la obra de todo un José María Gabriel y Galán: uno de los precursores, ya a finales del siglo XIX, del aprecio por la naturaleza, de la reivindicación de lo que hoy llamaríamos agricultura sostenible; un defensor del valor moral del campo que lo vinculó con otros bienes humanos como lo familiar y lo local (temas afines sin duda al propio Scruton); y alguien que supo elaborar todos esos asuntos mientras se ligaba a una ideología política tan poco izquierdista como fue el carlismo. Ahora bien, volviendo a nuestra circunstancia, ¿cuáles son las principales críticas del presente libro ante el enfoque ecologista predominante en las últimas décadas, es decir, el típico de la izquierda? En su versión más extrema, soviética o dictatorial, la crítica sería obvia: los sistemas de economía planificada (URSS, República Popular China, países satélites…) han presentado un balance ambiental incluso más deplorable que el de aquellas zonas de la Tierra en que ha proliferado el libre mercado. Baste señalar, para muestras de ello, botones como lo acontecido al mar de Aral, al río Techa, al lago Karachai, al río Fen, a Geamana… episodios todos ellos entre los más siniestros de la historia ecológica reciente. Esos desastres distan, además, de resultar casuales. Como bien explica Scruton, en realidad era esperable que en un sistema donde quien controla a los agentes económicos (el Estado) es él mismo el principal o único agente económico, tal autocontrol se relaje en claro perjuicio de nuestros recursos naturales. Con todas sus insuficiencias, al menos el capitalismo distingue entre el controlador (gobiernos, jueces, legislación) y controlados (empresas y ciudadanos), principio que parece básico para ejercer un mínimo de supervisión eficaz. Con todo y con eso, hoy ya no constituye ese socialismo extremo de economía planificada nuestro principal reto tras la caída del Muro de Berlín, el hundimiento de la URSS o el nuevo giro capitalista-autoritario encarnado últimamente en la China Popular. La mayor parte del ecologismo izquierdista que en nuestros días nos rodea camina por sendas nuevas. ¿Qué tiene Scruton que oponer a estas versiones menos sovietizantes, pero más contemporáneas, del debate ambientalista actual? Fundamentalmente es uno el reproche que el lector hallará desarrollado en esta obra. Scruton desconfía de la tendencia que tiene la izquierda (y a veces, no solo ella) a adoptar soluciones decididas desde instancias lejanas, centralizadas, poderosas. Instituciones embargadas por la ambición de inmiscuirse en todos nuestros asuntos —gobiernos, organizaciones no gubernamentales, entes supranacionales— ansían todas ellas convencernos de que los problemas ecológicos solo podrán resolvérnoslos ellas mismas y solo si les delegamos cada vez más y más poder. Por eso el enfoque que Scruton va a defender aquí posee justo las querencias opuestas: un aprecio por los vínculos locales (de ahí la cita anterior a nuestro paisano Gabriel y Galán) frente al abstracto amor a “la humanidad”; una preferencia por las soluciones que se idean desde abajo hacia arriba, en vez de aquellas que complejas burocracias deciden desde las alturas; una desconfianza ante lo internacional y una reivindicación de lo nacional; un denuesto de las grandes leyes generales y una estima por las soluciones adaptadas a su contexto, enraizadas en la vida cotidiana de la sociedad civil. Como ejemplo de ese tipo de soluciones, este libro aludirá elogiosamente a la autorregulación que muchos regantes españoles han logrado para repartirse el agua allí donde esta es un recurso ambiental escaso. Y también como parte de esa sociedad civil se cuenta, qué duda cabe, el libre mercado. Ahora bien, la glorificación inmoderada de este (por parte de cierto liberalismo) representará la tercera y última corriente a la que el conservador Scruton hace frente en este libro.

Ya hemos mencionado dos ventajas que no tiene empacho, sin embargo, en reconocerle: dentro de una sociedad de mercado, reguladores y regulados están (o deberían estar) nítidamente separados, lo que permite poner frenos más eficaces a los segundos en su explotación de la naturaleza. Y, además, el mercado posee otra virtud rotunda: es una de esas instituciones no diseñadas completamente desde las cumbres del poder político, adaptable a contextos locales, a las preferencias particulares y cambiantes que Scruton reivindica. Nuestro filósofo es tan consciente de ello como pudieran serlo liberales a la manera de Friedrich von Hayek o Milton Friedman. Ahora bien, estos rasgos del capitalismo que lo hacen preferible a las ya citadas economías centralizadas no deberían cegarnos ante sus limitaciones. Scruton considera que la principal reside en los incentivos. Si nos dejamos guiar solo por los crematísticos, estos podrían resultar (de hecho, han resultado) a menudo insuficientes para garantizarle a la naturaleza todo el cuidado que merece. El individualismo no siempre basta. Los contratos o leyes que hayamos establecido, tampoco. En ecología es necesario algo más que un control legal de las externalidades negativas, que un cálculo apurado de los costes y beneficios. Hace falta también, subraya este filósofo inglés, proporcionar motivos al ciudadano de a pie para que cuide el medioambiente y para que vote a políticos que se propongan cuidarlo (con todas las incomodidades que una y otra cosa le van a suponer). ¿Cuáles son esos motivos? Los hemos apuntado ya antes y constituyen la médula de la propuesta scrutoniana. Nuestro autor habla de oikofilia: el amor (filía) por nuestra casa (oikos), por lo que nos rodea, por lo que hemos heredado de los nuestros y habremos de legar a nuestros sucesores. Que la naturaleza es nuestra morada se encuentra ya reflejado en la propia etimología del término “ecología”, cuyo prefijo eco- proviene también del oikos griego. Según Scruton, si maltratamos el medioambiente es primordialmente porque hemos olvidado que este constituye nuestro hogar (solo un demente destruye su propio domicilio), que tenemos el deber de agradecérselo a nuestros antepasados (nuestra deuda hacia estos es un tópico característico del conservadurismo desde Edmund Burke) y que el mejor modo de hacerlo es traspasárselo en las mejores condiciones posibles a nuestra progenie. Estas emociones y deberes hogareños explican bien por qué Scruton apuesta por lo nacional antes que por lo global a la hora de confiarle los cuidados ambientales. Se trata de un rasgo que conecta robusto con las ideas de Scruton en otros ámbitos (recordemos sus suspicacias brexitianas ante un ente supranacional y burocrático como la Unión Europea6 ; o sus reservas ante la arquitectura de estilo internacional). A nuestro juicio, no obstante, si se nos permite expresarlo ya como balance final de esta presentación a tan sugerente autor, esa habilidad scrutoniana para mirar lo nacional con ojos complacientes constituye al mismo tiempo su principal talón de Aquiles. Especialmente en un ámbito como el que nos ocupa aquí, el ecológico.

¿Hasta qué punto muchos de sus problemas más característicos son resolubles desde el enfoque nacionalista que nuestro pensador favorece, cuando la polución del aire, la contaminación de los océanos, la destrucción de ecosistemas son fenómenos poco preocupados por las humanas fronteras? Queda a juicio del lector sopesar la medida en que esta obra proporciona una respuesta sensata a esta clase de interrogantes. No ocultaremos que, a nuestro juicio, haber meditado más intensamente no solo en nuestros vínculos nacionales (la ya citada pietas romana), sino también en la ligazón que nos une a todos los humanos, y ello con la ayuda de las tradiciones estoica o cristiana (dos relativas ausentes en este volumen, pese a su indudable peso en la reflexión occidental sobre la naturaleza); haber reparado en una pietas que no se limite solo a mis familiares o compatriotas , sino que me enlace con todos mis congéneres, son vías que habrían enriquecido un libro como este que, en cualquier caso, representa una lectura imprescindible para cualquier conservador que desee ser conservacionista, para cualquier conservacionista al que le atraiga ser conservador.

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