CULTURAS

Censurando a los clásicos

Nuevos inquisidores para viejas historias.

Ilustración de Ulises Culebro

Cecilia Frías.- La Lectura

¿Algún editor osado se atrevería a cambiar un verso de Calderón de la Barca? ¿Suavizaría el argumento de El médico de su honra, por citar un caso, cuando el protagonista desangra a su esposa en escena para lavar unos celos infundados? Este respeto reverencial al clásico parece mucho más flexible cuando de literatura infantil se trata.

 

Hace unas semanas que el Daily Telegraph desvelaba los retoques de algunas obras de Roald Dahl por parte de Puffin, su editorial inglesa, para limpiar sus ficciones de feos, gordos o negros, lo que desató entre todo tipo de lectores una marea de unánime indignación. Para ajustarse al espíritu inclusivo y correcto en las ediciones pulidas, la señora Twit de Los Cretinos pasó de ser «fea y bestial» a sólo «bestial», mientras que en Las brujas se pecó por adición al introducir una frase explicando que no sólo las hechiceras usaban pelucas, sino que otras muchas mujeres lo hacían sin que existiera nada malo en ello. Si a esto se suma que los editores de Puffin contaron con el beneplácito de The Roald Dahl Story Company, compañía que debería haber velado por el legado del escritor y fue comprada por Netflix en 2021 (sin saber qué pasará con las futuras adaptaciones a la gran pantalla), el folletín estaba servido.

De repente la literatura infantil se convirtió en la princesa del guisante a la que debíamos proteger y, por primera vez en muchos años, la prensa dedicó decenas de artículos con testimonios de especialistas en el sector que se mostraban tajantemente en contra de la actualización de los textos clásicos. Santillana, editorial de Dahl en español desde 1978, también se apresuró a distribuir un comunicado en el que se mostraba contraria a cualquier tipo de censura.

Yolanda Caja y Maite Malagón, editoras de su sello infantil y juvenil, Loqueleo, opinan: «Desde hace algunos años ya existen en el mercado ediciones edulcoradas o adaptadas de clásicos de la literatura infantil y juvenil. Por nuestra parte, es algo que no hemos contemplado y, de hecho, en el caso de Roald Dahl mantenemos la publicación de los textos originales, sin ningún tipo de adaptación. Entendemos nuestro oficio desde el respeto al público al que nos dirigimos y a los autores, desde la honradez con las historias que nos confían y decidimos publicar».

 

DE AQUELLOS LODOS…

Si toda esta polémica marcará un antes y un después a la hora de abordar la edición de los clásicos es todavía un misterio. Ana Garralón, reconocida estudiosa de la literatura infantil galardonada con el Premio Nacional al Fomento de la Lectura por su blog Ana Tarambana, se muestra rotunda: «No sé si cambiará, porque un clásico contemporáneo como Roald Dahl es prácticamente único, pero sí se ha hecho con la obra de Astrid Lindgren o Enid Blyton, y Huckleberry Finn sigue siendo muy discutido. Me parece que la mirada está ya muy cambiada y eso incluye también lo que NO se publica».

Más optimista se muestra Ana Campoy, una de las autoras más queridas entre los pequeños lectores por su célebre heroína Pepa Guindilla: «Hay una amplia masa de personas que ha clamado para que las obras originales se sigan editando tal y como fueron concebidas. De hecho, las obras de Dahl se siguen publicando hoy, no se han descatalogado ni dejado de leer. La sociedad las sigue demandando».

Sin embargo, el asunto de los recortes en la literatura infantil viene de antiguo, aunque hasta ahora no hubiera trascendido a las primeras páginas de los periódicos. Hace menos de un año dedicábamos en esta misma cabecera un artículo al «buenismo en las letras infantiles«, que ponía de manifiesto cómo otros muchos escritores emblemáticos del XX habían sido censurados. En las nuevas ediciones de Los Cinco, los chicos inmortalizados por Enid Blyton beben un refresco frente a la cerveza de jengibre de las primeras versiones. Al gran Maurice Sendak le vetaron La cocina de la noche porque aparecía la ilustración de un niño desnudo y en 2015 Pequeño azul, pequeño amarillo de Leo Lioni fue extirpado de las bibliotecas venecianas por defender, según el alcalde de la ciudad, valores homosexuales.

En 2019 Astérix en América, Lucky Luke y otros muchos libros fueron pasto de las llamas en una escuela canadiense, acusados de mostrar prejuicios contra los pueblos indígenas. Tintín en el Congo no salía mucho mejor parado. Bélgica todavía tenía colonias cuando fue publicado y en una de las viñetas más controvertidas se veía a una nativa haciendo la reverencia ante el famoso reportero mientras balbuceaba «hombre blanco muy bueno». Aunque Hergé redibujó el cómic en 1946 rebajando los tópicos de su primera versión, escrita cuando sólo tenía 23 años y sin haber pisado ningún país africano, para algunos el cómic seguía representando una apología del colonialismo y el racismo. El asunto llegó a los tribunales e incluso fue prohibido en una biblioteca de Brooklyn. También el propio Dahl tuvo que retocar a los Oompa-Loompas de la primera edición de Charlie y la fábrica de chocolate porque los había retratado como pigmeos de piel oscura.

Aunque si miramos hacia Norteamérica parece que el filtro censor proviene de la derecha más conservadora, también la izquierda ejerce sus presiones en aras de que ningún colectivo sensible se pueda sentir ofendido. Garralón apuntaba que «muchas editoriales están alineadas con lo progre en cierto sentido, pues abrazan lo políticamente correcto y se orientan a un mercado que demanda eso», mientras que Campoy insiste en que «en nuestros tiempos, revueltos sin duda, también hay hueco para la libertad creativa. Hay muchas editoriales independientes que se animan con textos más arriesgados, o algunas más tradicionales que tampoco se rigen por esos parámetros«.

 

EL VALOR SIMBÓLICO

Tal vez el problema resida en la finalidad didáctica que se pretende imprimir en la mayoría de las obras infantiles. A pesar de que en su origen el género estuviera vinculado a lo educativo (de la prevención contra los lobos que podían acechar en el bosque o la excesiva curiosidad que llevaba a la perdición, como le sucedió a las esposas de Barbazul), hoy los cuentos tradicionales no pasan ni de casualidad el examen de lo políticamente correcto. Como reflexiona Garralón: «La literatura infantil no es algo didáctico, ante todo es literatura y ese debe ser su principal motor. El tema del mensaje está en un lugar muy insignificante. Se puede ver en la prosa de Dahl: es rica, intensa, tiene una buena construcción, los personajes son perfectos, crea ambientes y situaciones que resuenan después de haber leído sus libros, nos deja con ganas de más. Que luego alguien quiera ver uno o doscientos mensajes es otra cuestión, pero como artefacto literario son una maravilla».

En este sentido, puede que otra de las claves resida en la interpretación literal de las obras que no dejan espacio a la dimensión simbólica de ciertos elementos. Caperucita roja nos habla de la maduración sexual y todos los personajes que se pierden en el bosque (de Pulgarcito a Hansel y Gretel) están haciendo en realidad viajes de iniciación. Una lectura que Bruno Bettelheim analizó de maravilla en su célebre Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1975). De ahí que no se entienda, como bien apuntaba la escritora Begoña Oro en Instagram, que en una lectura más profunda la «fealdad en Dahl responde a una categoría moral» o lo que es lo mismo que «si una persona tiene malas ideas, empieza a notarse en su cara», como decía el narrador de Los Cretinos.

En la actualidad tenemos sobredosis de publicaciones que parecen manuales de autoayuda para niños (para dormir, dejar el pañal, manejar sus sentimientos…). Una instrumentalización del libro también denunciada por Garralón, que a los primeros que provoca bostezos es a los pequeños lectores. Si buscamos en las librerías comprobaremos la amplitud de títulos para que el niño aprenda a reconocer la tristeza, la ira, la alegría…. pero, ¿acaso necesitamos un emocionario más en nuestras casas?

¿No sería mejor poner el sentimiento en contexto y construir una historia para que el niño lo descubra a través de un personaje? En este marco hipercivilizado parece complicado pasar el tamiz de la corrección. Pero al consultar sobre esa posible autocensura a la hora de escribir con Campoy, la escritora afirma: «Trabajo con un amplio abanico de editoriales y nunca me han dirigido o sugerido nada en ese sentido. El trabajo del editor siempre se ha ceñido al aspecto puramente literario, porque esa es su función». Y añade: «En mi caso personal, no tengo la sensación de reprimirme a la hora de escribir. Una de mis máximas es ser franca y sincera con mis historias».

 

EL PELIGRO DE ARCHIPROTEGER

Como solución intermedia, algunos han propuesto la contextualización de la lectura mediante una introducción o notas a pie de página que ayuden a entender que la obra es hija de su época, un tiempo en el que probablemente regían otros valores diferentes a los nuestros. Sin embargo, Caja y Malagón advierten: «Enmendar o justificar a través de notas al pie por lo que escribió en su momento un autor en muchos casos podría entenderse como algo muy cercano a la censura. Blanquear o negar el pasado puede ser un arma muy peligrosa y, posiblemente, el exceso de protección en este sentido pueda originar una generación poco informada, que carezca de las herramientas necesarias para desarrollar un pensamiento crítico».

Parece, pues, que hay coincidencia en que archiproteger a los niños, aunque nazca de la mejor de las intenciones, es cerrarles puertas, infantilizarlos y vetarles la posibilidad de vivir otras vidas, de romper las normas o entender que los lobos también forman parte de nuestra existencia. Bien lo supo el maestro Roald Dahl, que había vivido en carne propia la dureza de los internados ingleses, sobrevivió a un accidente de aviación durante la Segunda Guerra Mundial y supo del dolor insondable de perder a un hijo.

Ojalá todo este revuelo sirva para remover conciencias y comprender la necesidad de respetar los textos tal y como nacieron de la imaginación de sus autores. Puffin ha rectificado y ahora publicará las dos versiones de cada obra para que el lector escoja. A estas alturas ni Calderón ni Dahl deberían tener que superar ningún examen de lo correcto, pues su altura literaria les acredita con creces en el Olimpo de las Letras.