Los 100 días de Meloni

«Dicen los clásicos que la política es el arte de lo posible.»

Jorge del Palacio.- ABC

«Giorgia Meloni parece haber entendido que para gobernar necesita articular un conservadurismo menos ideológico y más pragmático, armonizable con la posición y los compromisos de Italia en Europa»

 

Dicen los clásicos que la política es el arte de lo posible. Esta es la razón por la que siempre media una distancia singular entre lo que prometen los políticos en campaña y aquello que realizan cuando llegan al gobierno. No es ni más ni menos que la distancia que media entre tener poder y no tenerlo. Lo dijo otro clásico, el poder desgasta al que no lo tiene. Sí, pero también es cierto que el poder, al menos en la tradición histórico-institucional de Occidente, limita, suaviza y domestica. Giorgia Meloni es un buen ejemplo.

Para los más alarmistas, la victoria electoral de Meloni era el preludio de la segunda marcha fascista sobre Roma o del sometimiento de Italia a la esfera de influencia de Putin. Para los más entusiastas, el triunfo de Fratelli d’Italia alboreaba una nueva hegemonía de partidos soberanistas llamados a frenar la agenda de las ‘élites globalistas’. Para sorpresa de unos y otros, los primeros cien días de Meloni en el poder han estado marcados por la continuidad con la agenda política nacional e internacional de Mario Draghi. Al punto que en algunos ambientes culturales de la derecha italiana se comienza a hablar de la ‘draghización’ de Meloni. En sentido despectivo, claro está. Si en septiembre de 2022 ‘The Economist’ titulaba «Should Europe Worry? Giorgia Meloni and the threat from the Italian Right», hoy el mismo semanario elogia su gestión económica y celebra tanto la orientación europeísta de su política como su posicionamiento pro-ucraniano.

Lo que estamos presenciando con Giorgia Meloni es un intento de conversión de Fratelli d’Italia en un partido conservador desde el poder. Lo que supondría la culminación del largo viaje de una parte de la derecha italiana en busca de una plena legitimación en la vida política de la Italia republicana. Un viaje que partió desde el neofascismo en la posguerra, que atravesó la turbulenta etapa del posfascismo, marcada por la explosiva relación de Gianfranco Finiy Berlusconi. Y que podría poner fin a su particular travesía por el desierto alcanzando la tierra prometida del conservadurismo de la mano de Meloni. No en vano el profesor Marco Tarchi ha utilizado la simbología bíblica para definir un marcado ‘complejo de Moisés’ en los líderes del neo y posfascismo italiano, expresión del deber autoimpuesto de poner fin al exilio al que la Italia republicana condenaba al MSI y sus herederos. Ahora bien, ¿podrá lograrlo Meloni?

Meloni cuenta al menos con tres factores que pueden jugar a favor de su empresa. En primer lugar, el espectacular resultado electoral de Fratelli d’Italia en las elecciones de septiembre de 2022 es un voto propiedad de la coalición de centroderecha. Que considera, principalmente, amortizados los liderazgos de Berlusconi y Salvini. A saber, los más de siete millones de votos que recibió Meloni han votado en clave de centroderecha clásico, no para acusar a la UE de ser un ‘Estado soviético’. A partir de aquí, Meloni tiene buenas razones para pensar que el 43,79 por ciento del voto de la coalición de centroderecha puede identificarse con un liderazgo moderado, reformista, europeísta y atlantista. La elección como ministro de Economía de Giancarlo Giorgetti –ministro de Desarrollo Económico con Draghi– y de Antonio Tajani –expresidente del Parlamento Europeo– como ministro de Exteriores apuntan en una dirección de continuidad.

En segundo lugar, el proyecto de Meloni podría verse apoyado por una tendencia hacia la restauración de una competición bipolar en la política italiana. Sobre todo desde que el M5S, principal representante del polo populista como negación del eje izquierda-derecha, parece haber sido absorbido por el complejo universo de la izquierda italiana a través de su colaboración con el PD. La reconfiguración de un nuevo bipolarismo, como el que organizó la política italiana de la Segunda República en el periodo 1994-2013, estructuraría una dialéctica en clave conservadurismo ‘versus’ progresismo que Meloni estaría llamada a capitalizar.

En tercer lugar, Meloni contaría con la legitimidad que otorga el poder. No solo es presidenta del Consejo de Ministros de Italia, sino también presidenta del Partido de los Conservadores europeos. La política son recursos, la política es rito, la política es ceremonial y la política es imagen. A falta de unos nuevos principios ideológicos de partido, su conversión pública al conservadurismo podría materializarse por la vía de una política que demostrase, a través de gestos y de hechos, la superación efectiva de todos los ingredientes populistas y radicales inscritos en el código genético de Fratelli d’Italia.

El reto de Meloni, por tanto, radica en transformar la base ideológica de su partido para consolidar su hegemonía sobre todo el centroderecha italiano. Y hacerlo sin que ello derive, precisamente, en una crisis de identidad que afecte a su electorado más fiel.

No puede olvidarse que FdI ha llegado al poder configurado como un partido soberanista que busca restaurar el poder del Estado frente a las dinámicas de la globalización. Y que hasta ayer mismo operaba con un diagnóstico de corte populista que señalaba como origen de todos los males a una ‘élite globalista’ empeñada en disolver las identidades nacionales. Este diagnóstico colocó a FdI en una posición radicalmente euroescéptica, simpática con gobiernos iliberales y centrada en la denuncia de toda expresión de cosmopolitismo y multiculturalismoen el campo político-cultural como culpables de la decadencia de Occidente.

El desafío no es menor. Muchos de los simpatizantes del partido de Giorgia Meloni creen que FdI tiene la misión histórica de convertirse en la vanguardia de una contraofensiva cultural contra la llamada hegemonía progresista. Sin embargo, la lección que ofrecen los cien días de Meloni en el poder es que ni los líderes ni los partidos se comportan igual en la plaza, con una pancarta en la mano, que en el Palacio. La dirección de un Estado impone dinámicas e intereses, consolidados en el tiempo y articulados a través de la historia; impone alianzas y circunstancias políticas que el líder no elige; impone pactos y transacciones con la realidad que la ideología no explica. Giorgia Meloni, de momento, parece haber entendido que para gobernar necesita articular un conservadurismo menos ideológico y más pragmático, armonizable con la posición y los compromisos de Italia en Europa y Occidente. No obstante, la paradoja de la metamorfosis de Meloni reside en que perseverar en este propósito significará un desafío a los principios ideológicos para cuya defensa fundó ella misma FdI hace una década. Precisamente cuando abandonó el PdL de Berlusconi que apoyaba el Gobierno tecnocrático y europeísta de Mario Monti.