Sin duda. A mi y a miles de millones de personas de todo el mundo que cada semana seguimos no solo con interés sino con devoción al equipo de nuestro corazón y de paso al resto, devorando partidos de la liga propia y de otras más lejanas teniendo como ocio lo que ya es sin duda alguna uno de los mayores negocios -legales- conocidos. Y no solo disfrutamos de los goles de las estrellas de la liga española, la premier o la serie A -ahora incluso se ve la Ligue 1 francesa para no perder de vista a Messi y Mbappe- sino que todas las tardes millones de niños -en mi entorno local cientos de ellos- y cada vez más niñas se cogen la mochila y compaginan el deporte con sus sueños en las diferentes escuelas deportivas de clubes y pueblos. De ahí que cada día entienda menos a aquellos que desprecian con una altivez posmoderna al futbol como una realidad en forma de fenómeno de masas que, con el visor e incentivo de millonarios atletas convertidos en marcas comerciales e influenciadores en las redes, iguala a millones de niños y niñas del mundo que en un campo de cesped artificial o en una boca calle le pegan patadas a una pelota disfrutando de valores tan necesarios –como denostados por algunos– como son el trabajo en equipo, la superación personal, el compañerismo… estando claro que cualquier actividad que tiene como metodo de resolución la competitivad debe ser guiada por estímulos positivos de comunidad y respeto pero que lo que tengo claro es que no se puede meter a los niños en una burbuja de protección que les haga creer que vivimos en un mundo de golosinas. 

Esto me trae a la cabeza cuando una asociaciones de padres de alumnos, luego de madres y padres -con desafortunado acrónimo AMPA- y ahora de familias decidió no colaborar nunca más en una tradicional fiesta deportiva escolar porque se entregaban medallas a los tres primeros en cada categoría. Como si de la victoria y la derrota en una competición no se pudieran extraer lecciones y aprendizajes so solo positivos sino muy necesarios. Solo un ejemplo de las filias y fobias llevados al punto máximo del absurdo por parte de quienes quieren convencernos que en el mundo uno avanza abrazándose a cada árbol que se le pone por delante..

Y es que a veces, demasiadas, desde cierto entorno chipiritifláutico pretenden minar poco a poco -desde las instituciones cuando les dejan pero también desde su batalla por la hegemonía cultural- en una peculiar «gesta revolucionaria» al fútbol como deporte de masas de la base, como si así lograran una victoria anticapitalista y de paso fomentar otros deportes no solo inocuos sino recomendables desde su peculiar forma de entender -y querer imponer- su mundo al común de los mortales. Así de ridículo y como casi siempre eso si, por pelotas.

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