Para los «txuriurdines«, la victoria del Bilbao (así dicho con toda la malaleche, nada de Athletic) ha sido el mal menor. Primero por simpatía (poca) vecinal; segundo por la chulería de algunos futbolistas mallorquines que celebraron nuestra eliminación de la Copa cuando no se lo merecieron ni de lejos gracias a un gol fantasma… y tercero porque nos facilita la posibilidad de jugar en Europa en una temporada agridulce, donde fallamos delante de la portería más de lo soportable. Ahora nos tocará aguantar la salida de la Gabarra y los desplantes de superioridad mundial (o sideral) bilbaina. Gajes del oficio.

La otra gabarra que está en juego en la de quién ocupa Ajuria-Enea. El partido se juega dentro de dos semanas.

Por un lado se presenta un PNV debilitado –entre otras cosas tampoco le ayuda una ley electoral que iguala los diputados de los tres territorios pese a la disparidad de población– que ha perdido en parte el marchamo de buenos gestores y cuya dualidad entre el conservadurismo natural de una mayoría de vascos y un modernismo progresista en algunos temas, se ve a la baja por la huida de los jóvenes culturalmente nacionalistas – que son mayoritarios tras 45 años de hegemonía social y cultural- hacia la ex Batasuna, ahora remozada como una EH- Bildu abierta al voto verde y feminista que en algún momento estuvo en Podemos y que andan escasos de reconocimiento del terror y odio que representó –y representa– la izquierda abertzale. En ese mismo lado -pfff quien lo ha visto y quien lo ve–  se sitúa un PSE – EE  que se conforma en vacilar entre ser el tonto útil de un nacionalismo u otro, para salvaguardar los apoyos a Sánchez en Madrid y de paso mantener su pequeña cuota de poder en Euskadi. La importancia del espacio bluf de Sumar / Podemos ni está ni se la espera.

Al otro lado un PP incapaz de generar alternativas –da casi igual cuando lo leas, la verdad– y que crecerá algo con los votos de Cs y poco más, aunque puede que quede muy cerca del PSE – EE como primera fuera no independentista. Y Vox, pues resistiendo por no perder el escaño de hace cuatro años y con escasas posibilidades de construir nada más, en un territorio profundamente hostil a todo lo que no sea una identidad vasca diferenciada y enfrentada de la española.

Ahora que se vuelve a sacar por enésima vez en la política española el comodín de Franco como coartada para tapar y polarizar, no viene mal aprovechar para reivindicar la memoria histórica. Pero toda. La que saque de las cunetas físicas a cualquier español que siga enterrado allí, que ponga en valor lo que realmente pasó en el horror de los años 30 y posteriores, donde hubo muchos verdugos y sobre todo demasiadas víctimas, pero que también saque de las cunetas de nuestra corta memoria a esos más de 300 asesinados por ETA que no cuentan con culpables condenados y a los que se olvida y desprecia en aras de una llamada reconciliación que no se aplica para nuestra guerra incivil. El otro día salía un dato escalofriante: se ha certificado la existencia de una amplia base de datos informatizada con miles de referencias detalladas de objetivos de ETA. Para lograr esa sofisticación y planificación del terror es necesario que existan miles de vascos, que no solo justifican la muerte como herramienta de sus reivindicaciones políticas sino que han contribuido activamente, por acción no solo por omisión, para la ejecución del tiro en la nuca y la extorsión a sus vecinos. Vascos que no se arrepienten, sino que están orgullosos de ello, más allá de camuflajes preelectorales.

Si le damos una vuelta a esto, tal vez entendamos la magnitud del problema vasco. Y como nos duele a muchos.