Las tragaderas en la vida van inevitablemente adheridas a nuestra forma de movernos por el mundo. Tienes que tragarte muchas cosas: a la familia que te ha tocado y a la que te han sumado; tienes que trabajar donde puedes y/o donde te dejan; tienes que asumir las decisiones que te parecían buenas y luego no tanto… y tienes que tragar con las que no decidiste realmente pero te atropellaron. Así debo reconocer que me he movido yo por el mundo y muy muy mal no me ha ido, pero debo reconocer que tampoco es como para tirar cohetes.

Desde que con unos tiernos 18 años mi madre falleció, aprendí algo nada sano pero si productivo para sobrellevar las cosas, que es otra forma sutil de sobrevivir: echarme lo que me pasaba, las decisiones que tomaba y las consecuencias de las mismas, al fondo del disco duro de mi cabeza dando un paso adelante para continuar. No evitas ni olvidas los problemas, duelen siempre y pesan, pero vas dejando pasar los días y sobre todo para los que tienes cerca suele ser más fácil.

En lo personal y en lo profesional (y ahí incluyo lo político) he tenido muchas tragaderas. Me he aclimatado a lo que iba viniendo, intentando hacerlo lo mejor posible de cara a los demás sin saber o atreverme a frenar y decir ¡hasta aquí hemos llegado!. No siempre, es verdad. Una vez sí he dicho y hecho eso (en lo político) y no me arrepiento más que de no haberlo hecho mucho antes y haberme ahorrado dolorosas decepciones y dolores de cabeza. Y algunos daños colaterales irreversibles.

Esta comedura de tarro en forma de apunte en el blog, iba al hilo de que desde la perspectiva que me da el medio siglo que llevo en el mundo, cada día veo con más condescendencia a muchos que no es que sus tragaderas sean fruto de las circunstancias sino que lo son por una falta de principios y de moral sin límite. Y es que una cosa es ser un poco pringado y otra ser mala persona. Y de las segundas, reconózcanlo, hay manadas que abusan de las primeras.

Una maravillosa persona me dice siempre que no hay que tener miedo a la vida, que esta siempre te coloca en otro sitio… y yo suelo pensar que ojalá hubiera sabido vivir así y no con este alto concepto de la responsabilidad, auto impuesta y/o auto inventada, que suele ser el primer paso hacia la apertura de mis tragaderas.

Pero me queda otro medio siglo para intentar hacerlo mejor. Tal vez. Seguro que no.