No me refiero con lo de Élite a esa serie televisiva de Netflix donde todos son guapos, guapas, guapes y muy fluidos (porque lo llaman poliamor cuando son cuernos, dice una canción indipop de Veintiuno) sino a nuestra dirigencia política y económica (incluso cultural). Ya dediqué un artículo en La Iberia a tratar sobre la endogamia política actual, pero ahora quiero usar estos apuntes para señalar de forma breve otro aspecto de la parte política que dirige el país: la mesa camilla.

Mesa camilla se le llamaba la forma en que el PSOE de Madrid, la vieja FSM (en la que siguen muchos de los mismos o sus herederos directos por designación al mando, de ahí que la derecha ayusista siga arrasando), decidía las cosas. Se sentaban cinco prebostes y repartían entre familias (políticas o no) cargos y cargas. Como ahora pero sin pasar por Ferraz y Moncloa, que lo nuevo es todo más vertical que en los tiempos del poderoso Felipe. Pero no quiero psicoanalizar(me) el socialismo madrileño, sino explicar que esta forma de actuar es bastante generalizada.

Una pequeña casta de elegidos o iluminados, son los que se sientan y deciden. El resto, las fervorosas masas mitineras o tuiteras, aplauden como focas (sin gordofobía por favor) en el zoo. Las bases no existen ni deciden. La puta base está para pegar carteles (pocos) y seguir mansamente el camino marcado. Pero no dice nada de nada. Ni cuando le preguntan, que es la menos de las veces.

En la derecha, con un planteamiento de orden claro esto es evidente. No tienen cultura de participación masiva ni de procedimientos de militancia, más allá de ponerse en un puesto los domingos o manifestarse cuando tocan trompeta. Los dirigentes dedicen y punto. Y cuando se enfadan, pues tumban al que corresponda (ay Casado…). Y sin problemas.

Lo de la izquierda tiene un recorrido peor, porque pasa exactamente lo mismo pero mientras tanto te comen la oreja con lo de la gente, las asambleas, los militantes, la democracia directa… y luego pues te enteras que unos cuantos en la mesa camilla han decidido que ahora lo que toca es sumar o restar. Y punto. Pablo Iglesias (el antes conocido como «coletas») fue un maestro de esto. Su juego de tronos mantenía entretenido a las masas perroflaúticas e indignadas, mientras jugaba a las casitas en Galapagar para hacer y deshacer. ¿qué Yolanda tiene que ser vicepresidenta y lideresa? Pues la nombro y las bases que aplaudan. ¿Qué ya no me gusta? Pues nada, ahora mandamos a Irene a ganar pasta a Bruselas, que los de abajo tienen derecho a vivir como los de arriba. Y luego ya si eso pues montamos una consulta digital de pregunta difusa y resultado controlado. Eso mismo en Sumar, donde se montan un partido/coalición de elegidos a dedo para sobrevivir en el sueldo público y hablar por los demás. O antes en Ciudadanos, que también tuvo lo suyo, solo que su mesa era más clásica, con banqueros y comunicadores sentados a la misma. O en el nuevo PSOE donde las bases decidieron por un 51% elegir a Sánchez (frente a un 49% que no le votó) y desde entonces el lider ya tiene autorización para hacer y decir lo contrario que hacía y decía ayer, con el fervor militante de todos los cargos o aspirantes a serlo. Ni el rey Sol.

Un recuerdo personal: hace 25 años intentamos otros iluminados montar una novedosa cooperativa política llamada Izquierda Verde, que iba a renovar, modernizar y superar transversalmente a la izquierda anquilosada para crear algo nuevo. Era todo bonito, ilusionante y horizontal… con personas, partidos y colectivos generando espacios y contenidos. Era un poco rollo okupa aleman de los 70 pero con chaqueta, corbata, gafas de pasta y bicicletas. la música sonaba genial. Pero al final, como siempre, había unos que se sentaban y decidían por los demás. Y fracasó (por otras razones añadidas claro) porque los objetivos de los de la mesa no eran los mismos que los de abajo. Todo saltó por los aires y de la noche a la mañana apagaron la luz. Algunos siguen sentados en otras mesas. Con buenos manteles.

Ya lo decían en el 15M, una de las mayores estafas piramidales de los últimos años: ¡LO LLAMAN DEMOCRACIA Y NO LO ES! De lo poco en que acertaron.