Al hilo de las palabras de Arnaldo Otegui reconociendo el sufrimiento de las víctimas y manifestando que «nunca debió haberse producido«, me salen sentimientos contrapuestos. Claro que me parece bien que se vayan produciendo este tipo de declaraciones, que por otro lado no son novedosas. Claro que es mejor que ETA no mate, extorsione y amenace. Pero también tengo muy claro que el dolor causado no fue fruto de un accidente natural sino que tuvo culpables con nombres y apellidos que no se pronuncian. Y que lo que tampoco deben producirse nunca son homenajes a los terroristas cuando salen de las cárceles donde se les jalea como héroes, porque eso insulta no solo a la victimas y a la sociedad que sufrió el terror de ETA sino que demuestra con hechos -no solo palabras- que no reconocen su sufrimiento ni el error por los daños causados.

Más lamentable han sido los corifeos que aplauden las palabras de Otegui como un antes y después que les homologan como una fuerza política respetable y con la que se puede negociar -como si no lo hicieran ya-. Pueden hablar y pactar con quien quieran, por supuesto, al nivel de las tragaderas y el oportunismo del momento, pero lo que no pueden es compatibilizar -sin que nadie se lo reproche al menos- el bondadoso perdón a quienes han amparado casi 1000 asesinatos y siguen representado un proyecto totalitario en lo social y secesionista en lo territorial y al mismo tiempo aplaudir que una jueza argentina impute por crímenes contra la humanidad a Rodolfo Martín Villa, cambiar nombres de calles en nombre de la memoria o exigir un cordón sanitario contra la «derecha extrema» española mientras se negocia y se sube a los altares al portavoz de la «izquierda extrema» vasca.

Y un último apunte: ¿se imaginan que algún partido político organizara un acto de homenaje a un maltratador o violador que sale de prisión y grita que está orgulloso de lo que hizo? ¿Qué dirían los periodistas y portavoces del buenismo militante? Pues eso hace de forma permanente el partido en el que milita Otegui, Sortu, sin que le pongan ni cordón ni reparo moral alguno. Cosas de la indignación selectiva… y de la yenka.